La tiktokización de la vida cotidiana: las redes sociales moldean la cultura del 'todo ya'
Especialistas explican que en ese loop infinito de contenidos cortos, el cerebro queda atrapado en una dinámica de gratificación inmediata que modifica hábitos de atención, niveles de paciencia y formas de vincularnos con el mundo. Recuperar los espacios de encuentro real para el debate, el consenso, el diálogo es clave.
El consumo constante de videos breves y contenidos fragmentados está redefiniendo la forma en que las personas prestan atención y procesan la realidad. Foto: imagen generada con IA.
La inmersión constante en el ecosistema digital —y más precisamente en las redes sociales— transformó nuestra percepción del tiempo y la forma en que procesamos la realidad. Este fenómeno, conocido por algunos especialistas como “tiktokización”, describe la lógica de consumo rápido y fragmentado que popularizó TikTok con sus videos verticales de entre 15 y 60 segundos y que hoy domina gran parte de nuestras vidas. En ese loop infinito de contenidos, niños, niñas, adolescentes y personas adultas se ven expuestos a una dinámica de gratificación inmediata que modifica hábitos de atención, niveles de paciencia y formas de vincularnos con el mundo.
Para comprender cómo impacta esta tendencia en la vida cotidiana, Unidiversidad dialogó con Carolina Livellara, psicóloga especialista en redes sociales, y Amalia López Elmelaj, comunicadora social y docente de la Cátedra de Seminario de Informática y Sociedad de la carrera de Comunicación Social de la UNCUYO. Sus miradas permiten pensar este proceso dentro de una transformación más amplia: así como internet irrumpió en los años 90 y cambió la manera en que nos informamos y nos relacionamos, actualmente la expansión de las redes sociales —junto con fenómenos como el FOMO (sigla en inglés de Fear of Missing Out, que en español significa miedo a perderse algo), el brain rot y el avance de la inteligencia artificial— plantea nuevos desafíos para la salud mental, la cultura digital y la vida democrática.
Las redes sociales activan el sistema de recompensas del cerebro generando ciclos de gratificación inmediata difíciles de interrumpir. Foto: generada con IA.
La trampa de la dopamina y la gratificación inmediata
El primer punto de análisis reside en la respuesta neuroquímica que estos contenidos provocan. Carolina Livellara explica que la estructura de plataformas como TikTok o Instagram actúa directamente sobre nuestro sistema de recompensas. “Esto que nos pasa con las redes sociales, con internet, con TikTok, con Instagram o con cualquier otra plataforma, genera en nuestro cerebro una gratificación inmediata. Cada vez que vemos algo —y esto está estudiado— se produce una especie de descarga de dopamina”.
Esta dinámica altera la función natural de dicha sustancia. Según Livellara: “La dopamina es justamente lo que obtenemos cuando nos planteamos un objetivo, hacemos un esfuerzo y lo alcanzamos. Esa dopamina activa nuestro circuito motivacional, que tiene que ver con la búsqueda de recursos, la supervivencia y aquello que nos genera una sensación de recompensa”. Sin embargo, el diseño actual de las redes elimina el esfuerzo del proceso.
¿Qué sucede con todo esto? Que la gratificación es tan rápida que termina configurando algo así como un ‘cerebro vago’, porque el mismo busca todo aquello que lo estimula, y las redes —con sus colores, su velocidad, su dinamismo— lo mantienen atrapado. Sin embargo, eso no es lo que ocurre en la vida real.
Esta discrepancia entre lo digital y lo analógico genera una fricción constante en el día a día. “En la vida hay procesos, hay tiempos de espera. Y no sucede solo en las redes: se fue instalando un estilo de vida basado en lo inmediato, en el ‘todo ya’. Esta ilusión de gratificación inmediata termina afectándonos en todos los ámbitos”, advierte la psicóloga.
El concepto de brain rot advierte sobre el deterioro de la concentración y del pensamiento crítico en la cultura digital acelerada. Foto: Freepik.
Brain rot: la erosión de la atención y el pensamiento
El concepto de brain rot (podredumbre cerebral) es afín a las redes sociales y surge como una señal de alerta sobre el deterioro de la capacidad crítica. Livellara señala que este término se refiere a un deterioro subjetivo en la concentración y el pensamiento, que hoy ya no es exclusivo de las y los jóvenes. No obstante, existe una posibilidad de recuperación.
“El brain rot es algo que comenzó como un fenómeno más visible en adolescentes, pero hoy estamos todos inmersos en esta situación. Sin embargo, con la salvedad de que, así como podemos entrenar el cerebro para la dispersión, también podemos entrenarlo para la atención y la conciencia, y es allí donde debemos apuntar y trabajar”.
Para lograrlo, es necesario revalorizar estados que hoy parecen proscritos. Eso implica aprender a tolerar el aburrimiento, la incomodidad, sostener la atención durante más tiempo y no vivir permanentemente en modo acelerado. El costo de no hacerlo es alto: “Todo esto impacta en la ansiedad, el estrés y en el aumento de problemas de salud mental, como la depresión", explica Livellara.
Ante este tema, Amalia López Elmelaj coincide en la necesidad de retomar el control sobre estos ritmos: “Son procesos cíclicos que en algún momento tendremos que volver a debatir y discutir: recuperar la paciencia, entender los tiempos y asumir que no todo se puede resolver de forma inmediata”. De lo contrario, advierte la docente, se configura algo así como un ‘cerebro anestesiado’, que funciona en piloto automático. Además, estas plataformas están diseñadas para retroalimentarnos dentro de nuestro propio mundo, mostrándonos aquello que solo coincide con nuestros intereses.
El miedo a quedarse afuera de experiencias o tendencias digitales alimenta la ansiedad social y la comparación permanente. Foto Freepik.
El impacto del FOMO y la ansiedad social
El miedo a la exclusión es otro motor fundamental de la adicción digital. Carolina Livellara destaca la raíz evolutiva de este sentimiento: “En cuanto al FOMO (Fear of Missing Out o miedo a perderse algo), el impacto en la ansiedad social es enorme. La exclusión es tremendamente dolorosa para el cerebro humano. Evolutivamente, quedar fuera del grupo significaba no sobrevivir”.
Esta vulnerabilidad es explotada por el entorno digital, donde la comparación constante es inevitable: “Eso genera el FOMO, el miedo a perdernos algo, y la sensación de que a todos les va mejor que a uno. Porque casi nadie publica cuando le va mal. En los adolescentes se ve claramente cómo los afecta la cantidad de ‘me gusta’. Esto impacta en los vínculos y en la calidad del tiempo que dedicamos a nuestro trabajo, estudio, etcétera”.
Las plataformas digitales están diseñadas para capturar y retener la atención, un recurso cada vez más valioso en la economía digital. Foto Freepik.
La disputa por nuestra atención
En el mundo digital existe una arquitectura diseñada para capturar la atención humana. Livellara afirma respecto a la responsabilidad de las plataformas que es cierto que están diseñadas para captar y retener la atención, pero también es fundamental cultivar la conciencia y enseñar a las personas a elegir.
Desde una perspectiva sociológica y comunicacional, Amalia López Elmelaj asegura que la atención siempre fue un bien preciado: “El problema de la atención entendemos que no es una cuestión novedosa, porque nuestra capacidad de concentrarnos siempre estuvo en juego. Históricamente fue un recurso buscado por instituciones y empresas que intentan captar nuestro interés para determinados fines”.
La diferencia radica en el poder actual de las corporaciones tecnológicas: “Lo que ocurre, desde mi perspectiva —y desde la perspectiva de muchas investigaciones—, es que en el último tiempo son las grandes corporaciones las que comenzaron a organizar cómo funciona nuestra atención”. López Elmelaj subraya que estas herramientas no son meramente adictivas, sino reguladoras de lo social: “El problema de estas plataformas, más que como generadoras de adicción, es que funcionan como reguladoras de nuestra atención, porque precisamente configuran la forma colectiva que tenemos de atender”.
Cada interacción en redes sociales genera datos que permiten a las plataformas conocer intereses, emociones y hábitos de las personas. Foto: Freepik.
Nada es gratis en el scroll
La entrega de nuestra atención no es gratuita; es un intercambio de información constante. Según Amalia López Elmelaj: “No es un problema atencional de una o dos personas entre miles, sino que somos todas las personas las que somos llamadas a atender de las maneras que nos proponen estos medios digitales. Y básicamente lo que sucede es que mientras más atención les demos, más información les estamos brindando”.
Este flujo de datos permite a las plataformas conocer nuestras fibras más íntimas: “Son datos sobre cuáles son nuestros intereses, cuáles son las cosas que nos gustan, cuáles son las que nos disgustan, las que nos dan miedo, a qué personas amamos o a cuáles rechazamos”. Además, advierte sobre la letra chica de la digitalidad: “Ese material luego también puede utilizarse y, tristemente, cuando uno descarga estas plataformas y acepta las condiciones de uso también está aceptando, muchas veces de forma solapada, que esas páginas utilicen y dispongan de nuestra información”.
Esta estructura crea un círculo difícil de romper: “Entonces volvemos a esta lógica de plataformas que nos generan un ambiente, no sé si la palabra sería tóxica, pero sí un ambiente muy difícil de regular, muy difícil de entender y también de abandonar si uno no está preparado".
Especialistas proponen fortalecer los espacios educativos, institucionales y sociales para recuperar una relación más consciente con la tecnología. Foto: La Nación.
Cómo pensar una relación más saludable con la tecnología
Finalmente, el debate se traslada a las posibles salidas y medidas preventivas. Amalia López Elmelaj propone alejarse de los extremos: “Muchas veces se tiende a pensar los dispositivos desde dos posiciones opuestas. Por un lado, desde una perspectiva celebratoria, porque hay muchos discursos que celebran la tecnología. Y, por otro lado, desde una mirada tecnofóbica o apocalíptica. Tanto los discursos celebratorios como los tecnofóbicos tienden a responsabilizar a las tecnologías de todos los males o de todos los bienes que traen. Pero a mí me parece muy importante revisar el contexto en el que estas tecnologías se introducen”.
La clave parece estar en recuperar los espacios de encuentro real y las instituciones: “Cuando los espacios de deliberación —como la escuela, la universidad o incluso las conversaciones familiares o con amigos— comienzan a debilitarse, o incluso a desaparecer las instituciones como formadoras de nuestras subjetividades, entonces deja de funcionar el espacio público, el espacio institucional regional y el espacio educativo como ámbitos que permiten generar discusiones, consensos e incluso conflictos, pero en definitiva diálogo, y pasan a ser las plataformas las que cada vez más empiezan a regular nuestra atención”.
López Elmelaj concluye con una propuesta de acción colectiva: “Si tengo que pensar en algún tipo de salida, alternativa o resistencia a este sistema tecnocrático totalizador, creo que pasa por reforzar las instituciones del Estado, que son las que nos permiten generar debates fructíferos para la democracia y las personas”.
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