Nuestro pobre individualismo

Omar Gais, docente de la carrera de Comunicación Social de la UNCuyo, desarrolla un análisis de la relación que existe entre los medios de comunicación y la idiosincrasia de cierto sector de la sociedad.

Nuestro pobre individualismo

"Hay que ganar la cabeza y la carne de la gente", dice Gais. Foto web.

Sociedad

Unidiversidad

Omar Gais

Publicado el 14 DE SEPTIEMBRE DE 2012

En 1945, con ese título, Borges llamaba la atención sobre algunos rasgos distintivos de “los argentinos”. Entre otras cosas decía que somos individuos antes que ciudadanos, que sólo concebimos relaciones personales, que el Estado nos resulta una abstracción poco menos que incomprensible. No contaba por entonces con la presencia de medios de comunicación capaces de distribuir explicaciones para todo y cualquier cosa; incluso, y ante todo, para aquellos que no buscan explicaciones –y las encuentran, ¡caramba!, en los programas de diversión. Por ejemplo, para ese sector de clase media que golpea cacerolas, los medios que les hablan encapsuladamente construyeron un modo de “bajar” las abstracciones: “el Estado es la realidad de la idea moral” (Hegel) “es incomprensible para el hombre de a pie” (Duran), pueden haber dictaminado. Hacéles llegar que son el Estado (la comunidad, la sociedad) por pagar impuestos. Eficacia 100 en la cápsula cacerolera. “Pago mis impuestos!”, de manera que “no tiren más la guita en el fútbol”, “no le des plata a las negras para que se embaracen”, “no me pueden prohibir salir del país”, “quiero vender mi casa en dólares”, “atacan la libertad de expresión”, “netbooks a los pendejos y no hay electricidad en la escuela”, “sacame de encima la AFIP”, “no adoctrinen a mis hijos”, “¿revisar la historia, cómo?”, “la calle es de los delincuentes”, “son amigos de los terroristas”, “oriundos del marxismo”.

Ese sector de la sociedad argentina que el jueves se manifestó tan ruidosamente, descree de la política y del Estado, sigue pensándolos en términos de obligaciones inaceptables y ajenas, límites insoportables y ajenos, ¿por qué a mí? Valoriza el éxito individual y defiende la situación más o menos privilegiada que ha podido alcanzar. Carece por completo de un sentido de deuda respecto de lo que hizo posible ese logro; solidaridad cero con el que pasa cerca y no exhibe los oropeles del ganador. No tiene sentido de comunidad, de inscripción social, de lo que debe a ese afuera que lo sostuvo, y manda a sus hijos a escuelas privadas que replican el modelo. Allí se aprende inglés y destrezas de realidad virtual pero no se cultiva la idea de excentración: se trata de mí en este caso pero luego será a otro; yo no soy el único, yo no soy el centro. Con lo cual se cierra (o no se abre nunca) la cabeza del pequeño a lo público, lo universal, lo compartido.

¿Hay algo fuera de la cápsula? Hay. Las mayorías, la mayoría. Que sí advierte, anoticiada por los medios o tocada en carne propia, que ha cambiado la Argentina. Es lícito y deseable discutir los cambios, el cómo y el por qué y la oportunidad cada vez, pero ya no se puede como antes dictar desde la riqueza la dirección de los cambios. La política vuelve a su lugar, hay gobierno.

La democracia contempla la posibilidad de que alguien proponga direcciones diferentes. Pero hay procedimientos; no alcanza con los diarios, las radios, la tele, la red. Hay que ser votado. Hay que ganar la cabeza y la carne de la gente.

Con la suma de cambios efectivos que cualquier estadística seria certifica, quizá ya podamos decir que mejoramos. Que nuestro pobre individualismo se achica, que ha quedado encapsulado.

 

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