Vitivinicultura: una investigación pone el foco en las desigualdades del sector

La socióloga mendocina Bárbara Altschuler analizó el proceso de reconfiguración vitivinícola. Dijo que existe un abismo entre la imagen que se vende al mundo y la realidad del sector. La supremacía de una zona en detrimento del Este y la pérdida material y simbólica que sufrió el trabajo rural.

Vitivinicultura: una investigación pone el foco en las desigualdades del sector

La investigadora dijo que el eslabón de la cadena que siempre perdió fueron los y las trabajadoras rurales. Foto: Axel Lloret

Sociedad

Unidiversidad

Verónica Gordillo

Publicado el 18 DE FEBRERO DE 2026

La socióloga e investigadora Bárbara Altschuler afirmó que existe un contraste muy fuerte entre la imagen visible de la vitivinicultura —esa que se exporta a nivel nacional e internacional— y la realidad del sector. En ese contraste, en tratar de comprenderlo, puso el foco esta mendocina que analizó las desigualdades en la reconfiguración del sector, el abismo que separa a la producción de las zonas consideradas de primer nivel —y las que no—, aunque asegura que esa división no tiene asidero en la realidad. Y resaltó que, en el proceso de cambios, existe un eslabón que siempre perdió, no solo en el aspecto material, sino también simbólico: los trabajadores y las trabajadoras rurales.

Desigualdades y fronteras sociales en la reconfiguración de la vitivinicultura mendocina es el título del libro que compila la investigación de la egresada de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNCUYO, máster en Desarrollo Económico de América Latina y doctora en Ciencias Sociales, que se desempeña en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), casa que editó el texto. El trabajo, que presentó el año pasado en la Feria del Libro de Mendoza, adquiere hoy especial relevancia debido a las problemáticas que enfrenta el sector, entre ellas, el precio que se paga por la uva, la baja en el consumo de vino, además de transitar la previa de la Fiesta Nacional de la Vendimia.

La investigadora contó a Unidiversidad que la idea de abordar el tema surgió durante su participación en un proyecto que dirigió el antropólogo Alejandro Grimson cuyo eje era desentrañar cómo se legitima, se naturaliza o se cuestiona la desigualdad social en la Argentina contemporánea. En ese contexto, decidió poner el foco en las desigualdades de la industria vitivinícola mendocina.

“Me pareció interesante estudiar cómo se había producido esta reconversión vitivinícola, quiénes fueron los ganadores, quiénes los perdedores, que decían los propios actores del sector. Justamente, para pensar cómo se legitima y cómo se naturaliza o se cuestiona la desigualdad social. Sabemos que hay desigualdad social, pero cómo se sostiene y cómo se significa desde adentro del campo social y desde los propios actores sociales, me pareció interesante analizarlo en el caso de Mendoza”.

El trabajo aborda las desigualdades en tres dimensiones: la socioeconómica, que pone el foco en las relaciones socioproductivas, laborales y comerciales entre los distintos actores de la cadena; la territorial, que analiza las distintas zonas de producción y su configuración histórica y social; y la simbólica, que hace hincapié en las diferencias de estatus, de valorización social.

Durante la investigación, que incluyó más de 80 entrevistas a representantes de distintos sectores, hubo cosas que la sorprendieron. La primera —comentó— fue que desconocía el ínfimo porcentaje que ocupan los oasis en el territorio mendocino, y la segunda —que desconocía aún más— fue la división tan fuerte que existe entre lo que se consideran primeras zonas y el Este, que concentra la mitad de la producción vitivinícola, pero no figura en ningún mapa “top”.

Antes de responder a las consultas, la socióloga aclaró que terminó el trabajo de campo en 2012, por lo que algunas estadísticas pueden estar desactualizadas. De todas formas, no hubo modificaciones sustanciales en los cambios estructurales que se produjeron al interior del sector.

La caída en el consumo de vino es una de las problemáticas que enfrenta el sector. Foto: Unidiversidad

Disputas al interior de las zonas

¿Qué te sorprendió más de la investigación?

Me llamó la atención que, siendo mendocina, desconocía muchas cosas, por ejemplo, que solamente el 4 % del territorio está poblado o con cultivos que requieran riego, un desconocimiento de esta primera frontera entre los oasis y el secano. La otra cuestión gruesa fue que no tenía idea de esta división tan fuerte que existe hacia un lado y el otro del río Mendoza, que es lo que yo caracterizo como esta frontera socioeconómica, territorial y simbólica que divide distintos tipos de configuraciones socioproductivas, socioterritoriales, distintos actores sociales y también distintos períodos, porque la región del Este fue el boom del modelo productivista hasta los 70, un poco en detrimento de lo que había sido la zona más tradicional de la vitivinicultura, como Luján y Maipú. Luego, a partir de los 90, comienza a emerger esta tercera nueva zona top del Valle de Uco. Es muy fuerte esta división, muy estructural y, a la vez, me parece que, a nivel nacional e incluso para los mendocinos, esto no es algo que esté tan presente ni sea tan conocido. Esto me llamó la atención: hay mucha tematización de la vendimia, pero hay un desconocimiento muy fuerte de la situación real del sector.

¿Cuál es la visión que te dieron los propios actores del sistema sobre esta división?

Yo hice más de 80 entrevistas para construir la investigación y los actores de la zona Este me decían que esa es la zona más productiva, que produce la mitad de las uvas —el 70 % a nivel nacional y lo mismo con el vino- y no figura en el mapa de las zonas top. Entonces, existen fuertes procesos de invisibilización, de marginación y de estigmatización de sectores. Es la construcción de un estigma, porque esa idea de producción de baja calidad o de segunda no se condice con la realidad. La zona Este realizó fuertes procesos de reconversión, hay bodegas muy buenas, incluso hay bodegueros y empresarios top que producen en la zona Este porque es más económico, pero después tienen la bodega para el turismo en el Valle de Uco. O sea, hay una distancia muy fuerte entre el marketing y la imagen que se construye de Mendoza, un contraste muy fuerte entre la imagen visible que se exporta a nivel nacional y mundial, y la realidad del sector que oculta todas estas situaciones.

La socióloga dijo que existe una desvalorización material y simbólica de los y las trabajadoras rurales. Foto: Prensa Gobierno de Mendoza

De ganadores y perdedores

En el libro, describís los modelos vitivinícolas. ¿Cuáles son y quiénes "ganaron" y "perdieron" en cada etapa?

Caracterizo tres grandes etapas: la fundacional, muy de la mano de bodegueros reconocidos, criollos, de la oligarquía mendocina, que fue muy pujante, pero que también tenía crisis de sobreproducción cíclicas, de regulación o desregulación, pero que hasta los 70 siempre fue creciente e inclusiva. Ese proceso se caracteriza como fordismo agrícola, una visión puesta en la cantidad y en el crecimiento más que en la calidad, pero que generaba mucha mano de obra, el acceso de los trabajadores a la propiedad de la tierra que incluso les posibilitó un ascenso social, se convirtieron en bodegueros trasladistas, un concepto clave pero muy invisibilizado.

¿Por qué?

Porque no sé cuántas personas saben qué es un bodeguero trasladista. Yo misma no entendía qué es el vino de traslado y, viendo los datos, te das cuenta de que representa un sector mayoritario del volumen producido. ¿Qué es un trasladista? Es un productor que pudo ascender en la cadena hasta convertirse en bodeguero, un elaborador de vino, pero que no logró integrar el fraccionamiento propio ni tener una marca reconocida en el mercado. Después empieza a hacerse una integración vertical, donde las bodegas ya tienen sus propias uvas, pero, en ese modelo que más o menos va de los años 30 hacia fines de los 70, con la crisis de Greco, la privatización de Giol y la crisis tremenda de la viticultura en los años 80, fue un período de ascenso social de vastos sectores, de mucha producción de mano de obra, de puestos de trabajo y de ascenso social, tanto de trabajadores a productores y de productores a elaboradores o bodegueros trasladistas, que fueron los ganadores, por decirlo de algún modo. Ese bodeguero trasladista es el que después, en la etapa siguiente y con la crisis de los 80, pasa a ser el blanco de estigmatización, es invisibilizado, porque produce a granel.

La profesional analizó cómo se construyó el concepto de calidad con base en variedades como el Malbec o el Cabernet. Foto: Unidiversidad

La caída de familias productoras

¿Cuál es el siguiente modelo?

El siguiente es el modelo de los años 90, un paradigma basado más en la calidad y en la exportación. Emergen nuevas bodegas boutiques, que, por un lado, permiten a muchos bodegas medianas y pequeñas en crisis vender y convertirse en una pequeña bodega top que, si bien no tienen el grueso de la producción, disputan algunos nichos de mercado. Después, están las grandes bodegas, tanto las de vinos comunes, que concentran más de la mitad de la producción, como las de vinos considerados top.

¿A quién beneficia ese modelo y a quién no?

En todo ese proceso, los pequeños productores van cayendo en el camino, hay una disminución de la superficie y del volumen de producción. Los que más caen son los pequeños, que casi desaparecen porque, en el modelo anterior, una familia con 5 hectáreas podía vivir; hoy, ya no. Y si consideramos hasta 10 hectáreas hay una caída casi del 90 %. Algunos pequeños productores de 5 o 10 hectáreas que tienen uvas muy demandadas, que realizaron todos los requerimientos de las bodegas para hacer una reconversión y un control muy estricto por parte de ellas, lograron integrarse y seguir vendiéndoles, pero son unos pocos. Entonces, tenés, por un lado, una caída enorme del grueso de esa base amplia de pequeños productores, una caída también importante de la cantidad de bodegas que pasan de 1300 en los 70 a 800 y pico en el 2020. Al mismo tiempo, hay un proceso de concentración, donde el 8 % de los propietarios controla la mitad de la tierra y el 8 % de las bodegas controla más de la mitad de la elaboración de vino. En ese proceso, los y las trabajadoras son el sector absolutamente invisibilizado; la constante en estos dos periodos es la desvalorización de los y las trabajadoras rurales, que es material por los malos sueldos, por la precariedad, pero también es simbólica porque no son valorados. Por eso hay una crisis de la mano de obra, los jóvenes no quieren trabajar la tierra porque han visto a sus padres sacrificarse toda la vida y no progresar, y esta situación contrasta también con la Fiesta de la Vendimia, que es la fiesta del trabajo, pero, justamente, son los y las trabajadoras vitivinícolas quienes están por debajo del último escalón social en términos materiales y simbólicos. Por eso, volviendo a la pregunta inicial, me parecía interesante estudiar la desigualdad social en Mendoza, porque hay una construcción de imagen muy glamorosa hacia la masa urbana que es más del 90 % de la población mendocina, que tiene una gran distancia con la producción real, con las condiciones de vida reales de los actores y con toda esta producción que sigue siendo mayoritariamente de uvas y vinos comunes, ya sea para mosto o para vinos, con esa idea de las bodegas top, del vino de calidad, de la sofisticación, de la oferta turística de distinción.

¿Cómo creés que avanzará este modelo que, como dijiste, tiene como nueva zona distintiva al Valle de Uco?

A mí me llamó mucho la atención, cuando estuve en Mendoza para la presentación del libro, la revalorización de las uvas criollas. Me pareció un dato novedoso porque, cuando yo hice la investigación, la revalorización fue de las uvas nobles francesas, el Malbec, el Cabernet, de las consideradas top, en detrimento de las uvas comunes, criollas. Lo que digo es que esto no es solo un problema enológico de la calidad de la uva, sino que tiene que ver con la construcción social y política de qué se considera calidad y cuál es la reconversión deseada. En los 90, los actores más fuertes —sobre todo, en Luján y Maipú— jugaron un papel central en toda la reconversión y en construir esa idea de la calidad legítima en torno al Malbec, al Cabernet. Ahí hay otra disputa. Recuerdo que un bodeguero de Santa Rosa me decía: "Yo gano premios internacionales, pero no figuro en ningún lado, porque no estoy en la zona top y porque no hago Malbec". Y también recuerdo que, ya en ese momento, algunos técnicos que entrevisté e informantes clave del sector me decían que era peligroso que se arrancara todo lo que no era Malbec, que todo tendiera al Malbec, porque, de algún modo, el vino es diversidad; efectivamente, fue un poco lo que pasó. Por lo que estuve conociendo ahora, un grupo de investigadores del INTA, con otra visión, empezó a investigar sobre la diversidad de uvas criollas. Hay como 60 variedades, entonces, creo que es importante todo ese estudio que revaloriza otras variedades, pero que, a la vez, les aplica tecnología de punta, porque a eso no se le aplicaba tecnología, porque no tenía valor. De todas las formas, eso es algo emergente y para pequeños grupos, no alcanza al grueso de los productores, porque eso implicaría políticas públicas sostenidas para mejorar esas producciones.

La investigadora dijo que antes un productor con 5 hectáreas podía subsistir, pero que hoy eso es inviable. Foto: Prensa Gobierno de Mendoza

¿Qué peso tuvieron en estos procesos las modas, las crisis, las políticas públicas, tanto si estuvieron como si no existieron?

Todo esto no lo podemos pensar si no lo pensamos en el contexto de lo que fueron los 90: la desregulación, la apertura, la entrada de capitales sin ningún tipo de control, porque, en Francia, no podés comprarte 500 o 1000 hectáreas, tenés cupos que garantizan la sostenibilidad de los actores locales. Entonces, en los 90, toda esa reconversión desigual y asimétrica fue posible justamente por un retiro del Estado. Hoy estamos en una situación similar o peor, en el sentido de que, al haber una caída del consumo de vino tan tremenda como la que está sucediendo, más se aceleran los procesos en los que gana el más fuerte, un poco de la ley de la selva, donde el que tiene más espalda para aguantar termina ganando, porque no hay ningún tipo de protección o regulación de los pequeños. Las condiciones políticas y macroeconómicas tienen un peso importante porque, de algún modo, pueden compensar la desigualdad estructural del sector, porque una cadena es algo que vincula desde los actores más débiles hasta los actores más poderosos, pero, justamente, ahí el Estado es el que tiene la capacidad de generar cierto colchón de soporte, ciertas políticas de igualdad de oportunidades que nunca son absolutas, pero que algo mitigan y, que, en caso de no existir, dejan todo un poco librado a las fuerzas del mercado.

¿Qué peso tiene en el contexto actual la idea o la definición de lo que es la calidad para el sector?

Es interesante pensar cómo se construyó la idea de calidad y la imagen de Mendoza. Había muchas polémicas, porque todo esto no se comprende sin el avance de las cervezas y de las aguas gaseosas, que es lo que finalmente desplaza el consumo de vino. Los elaboradores que no son considerados top me decían que, al no tener una mirada de conjunto del sector que incluya los distintos segmentos, desde el que consume vinos varietales básicos hasta el que consume vinos súper top, la cerveza avanza en detrimento de todo el sector, porque la exportación fue una salida interesante que hasta los años 70 no existía prácticamente, porque era todo mercado interno, que le da cierto aire, pero sigue siendo entre el 20 y, como máximo, el 30 % de la producción, no es una solución para el conjunto de la actividad. Entonces, construir la comunicación y el marketing totalmente enfocado en la sofisticación, lo fino, la distinción, también fue una trampa. Por un lado, hay ciertos acuerdos porque, como me decían, antes Mendoza no existía en el mundo y hoy es una marca reconocida en producción de vinos, pero a costa de la entronización de una forma de consumo de vino que incluyó la copa, las clases altas, el consumo gourmet, el turismo de alta calidad, en detrimento de la base real de la producción, que no es esa. Todas estas son también formas de construcción de política, de estetización y de comunicación que estuvieron orientadas solamente a esta reconversión hacia la calidad como lo fino y de élite, y no a un consumo más popular, como era en la etapa precedente. Es complejo, porque todo esto está acompañado efectivamente por cambios en las formas de consumo, en las formas de vida de las familias, en la entrada al mercado de actores globalizados y altamente concentrados, como son las cervezas y las aguas gaseosas. Entonces, eso plantea un escenario complejo para una economía regional, más aún si no tenés una mirada de desarrollo regional y de sostenimiento de la base de la producción, que cada vez se hace más insostenible para los pequeños productores.

vitivinicultura, vino, industria, vendimia,