Quemar la vida, despreciar al pobre

El epistemólogo y docente de la UNCUYO se aterroriza y reflexiona a la vez sobre los actos de violencia extrema que sucedieron en los últimos días en el país. Sin duda, el incendio intencional contra Jesús, el hombre en situación de calle, refleja el odio argento hacia el "pobre, el sucio y el malo", es decir, el reflejo de lo que no hicimos ni hacemos bien como sociedad.

Sociedad

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Publicado el 26 DE ABRIL DE 2017

Después de ver en Córdoba que se asesinó en público a un simpatizante en la cancha de Belgrano, y saber que en Mendoza una nena de año y medio de edad apareció violada, muerta y tirada en un balde, supimos de Jesús, un indigente en situación de calle, a quien unos "inadaptados" –es decir, algunos que como usted o yo caminan cómodos por las veredas de Mendoza– intentaron quemar vivo arrojándole basura en llamas. ¿Qué ocurre para que lleguemos a estos extremos? ¿A qué grado puede llegar la crueldad, especialmente la ejercida sobre "los de abajo"?
Hace poco, en el cine de nuestra Universidad Nacional de Cuyo, vimos un film italiano que versaba, precisamente, sobre dos jóvenes ricos y vacuos (dos primos, un varón y una joven) que "se divertían" una noche matando a golpes a un anciano que dormía tirado en la vía pública. La estupidez y frialdad de la vida de estos jóvenes era expuesta de manera a la vez clara y sutil. 

Estamos en una sociedad que ha perdido valores. Se quitó de encima la falsa solemnidad y el acartonamiento de la cultura de las seis primeras décadas del siglo XX, pero se tiró el bebé con el agua de la tinaja. Respeto, cuidado del otro y honradez son hoy nociones anticuadas, vistas como perimidas. Se quitaron unos valores y ahora no hay otros. Nada ha dado direccionalidad axiológica tras la pérdida de la adscripción a la religión y a las nociones más fuertes sobre lo ideológico. Navegamos a la deriva.

Para colmo, en ese espacio de cambalache ("Todo es igual, nada es mejor"), la TV y las redes sociales son las maestras del pensar. Es decir: del no-pensar. Velocidad, vértigo, gritos, sensacionalismo, superficialidad. Se rinde culto a la ignorancia. Personajes como Fantino o Del Moro dan lecciones de moral y de ideología, ajenos por completo a cualquier conocimiento –siquiera tangencial– de la filosofía, las humanidades o las ciencias sociales ("lo mismo un burro que un gran profesor", seguirá Discépolo). La carnavalización de las conciencias es total.
 
Se suma a ello el odio al pobre. Expresado en las reacciones que en su momento desencadenó la Asignación Universal por Hijo (es curioso el actual silencio al respecto): estigmatizar a los pobres como vagos, como responsables de su propia situación, es de todos los días. Son culpables de su hambre y de nuestra inseguridad, son "feos, sucios y malos", como apuntó un memorable film de Scola. Son los odiados "negros", esa malsana escoria, según buena parte de la clase media y casi toda la alta de la Argentina. Racismo y clasismo se unen en el desprecio al pobre de piel oscura. Nos sentimos más "morales" cuanto más mostramos nuestra distancia con estos odiados excluidos sociales. Incluso, el odio alcanza también a quienes –social o políticamente– los defienden o reivindican.
 
Del dicho al hecho no hay tanto trecho. Freud lo dijo bien: "Quien empieza cediendo en las palabras, termina cediendo en los hechos". A las palabras no se las lleva el viento. Como mostró Foucault, los dispositivos regulatorios del decir son los mismos que los del hacer. De insultar "negros" a quemarlos en la calle, la distancia es menor de lo que se cree. Y la "inocente" satanización de aquellos a quienes la sociedad ha tirado a la desgracia y la miseria es la legitimación (tanto previa como posterior) de hechos incalificables, como es el quemar a un indigente, incendiar la vida, asesinar por el fuego.

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