Violencia social: qué cambió en 20 años y cómo la economía, la política y las redes erosionan los vínculos colectivos
Especialistas explican que, actualmente, se conjugan varios factores que han ido cambiando la trama social tal como la conocíamos. Hoy, la sociedad es más frágil en sus vínculos y más permeable a estallidos.
Especialistas explican que, actualmente, se conjugan varios factores que han ido cambiando la trama social tal como la conocíamos. Foto: Tomas Cuesta/Getty Images
La violencia social en Argentina no es una foto fija: en las últimas dos décadas, cambió de escenario, de lenguaje y de velocidad. A veces explota en la calle —como en la reciente tensión alrededor del Congreso—, discusiones entre vecinos o entre hinchas de algún club de fútbol; otras, circula como un clima permanente de irritación que se cocina en la pantalla de algún celular y se derrama entre vínculos cotidianos. La pregunta de fondo: ¿hoy somos más violentos que hace 20 años?, no se responde con un sí o un no tajante. Especialistas coinciden en que la conflictividad mutó, y la combinación entre economía, política y redes sociales reordenó la manera en la que la sociedad la gestiona.
“El título, si se quiere, es que estamos anestesiados”, explica Nicolás González, director de la consultora de opinión pública Demokratia.data, formado en gestión de políticas públicas y comunicación electoral. Por su parte, el politólogo y docente de la UNCUYO Hugo Villanueva aporta que lo que se vive no es solo un aumento de episodios violentos, sino un cambio de trama, una sociedad que se vuelve más frágil en sus vínculos y más permeable a estallidos.
Los especialistas señalan que la violencia no siempre se expresa en hechos extremos, como magnicidios, sino que se instala como forma de trato, como clima de conversación pública y como desconfianza frente al otro.
La crisis económica no solo golpea el bolsillo, también erosiona el entramado social y las expectativas. Foto: NA
Economía y cansancio
Si hace 20 años el malestar económico se canalizaba con herramientas colectivas —paros, cortes, marchas masivas—, hoy esa sensación empuja a una violencia más difusa, más interpersonal y, muchas veces, menos organizada.
Para González, la crisis está a la vista, pero lo llamativo es la distancia entre el malestar y la reacción callejera. “Evidentemente, la crisis sí existe, pero no hay protesta social en la calle porque lo que hay es hartazgo”, explica. Para él, la raíz del hartazgo es que nos cansamos de pedir cosas que nunca se materializan.
El resultado —dice— es una sociedad con dificultades económicas (morosidad, informalidad, precarización) que, sin embargo, no se moviliza como antes porque siente que el esfuerzo colectivo no cambia la realidad. “No sirve para nada el hecho de manifestarse si no genera un resultado, si no mejoran mis condiciones de vida”, agrega.
En ese punto, Villanueva coincide en el diagnóstico de fondo: la crisis no solo golpea el bolsillo, también erosiona el entramado social y las expectativas. En su mirada, cuando el horizonte se achica y la sensación de futuro se desordena, la convivencia se tensa y el conflicto se vuelve más imprevisible.
Para los especialistas, la solución radica en reconstruir lazos sociales y regular las redes sociales para proteger la convivencia. Foto: AFP
Política, calle y descreimiento
La anestesia para González se evidenció, sobre todo, en la última etapa del gobierno de Alberto Fernández. “Tuvo un gobierno sin paros generales de la CGT, caracterizado por la desmovilización. No digo que faltaran motivos económicos, sino que gran parte de los motores de estas instancias de manifestación estaban en alguna especie de coalición con el gobierno”, dice.
Luego, con la presidencia de Javier Milei, identifica otro movimiento: “Milei, sistemáticamente, toma decisiones que tienen que ver con desarticular estos espacios de poder”, explica. Para González, eso contribuye a una reconfiguración del mapa de la protesta y de la conflictividad. Sin embargo, el punto más fuerte no está solo en la calle, sino en el ánimo social: “La sociedad argentina está autorreprimida”, afirma.
Esa autorrepresión, según el especialista, convive con una tensión constante en el plano simbólico. Ahí aparece la disociación entre lo que se expresa y lo que se hace. “Fijate cómo en las redes sociales la gente se queja”, plantea, y contrasta: “Tenemos el 90 % de la población en redes, y a votar va el 60 %”. Para él, eso muestra que el descontento circula con fuerza, pero rara vez se traduce en participación sostenida, algo que sí pasaba en los 50. “Desde la comodidad del sillón, la gente se manifiesta, pero, cuando se trata de formar parte de instancias reales, la gente falta”.
Villanueva suma una mirada complementaria: cuando las instituciones pierden credibilidad y el vínculo con lo público se deteriora, crece la sensación de “sálvese quien pueda”. Esa lógica, señalan ambos, no necesariamente produce grandes estallidos organizados, aunque sí alimenta una convivencia más áspera, con menos tolerancia al otro y más predisposición al choque.
Las redes sociales amplifican la deshumanización y la polarización. Foto: imagen generada por la IA.
Redes sociales: el acelerador que deshumaniza y contagia
Si hay un factor decisivo para comparar esta época con la de hace 20 años, son las redes sociales. “Las redes sociales se consolidaron como espacio para manifestar opiniones, pero también como caldo de cultivo de cuestiones que después se reflejan en la calle”, explica González. Y lo sintetiza con un mecanismo: “La deshumanización y el anonimato de las redes sociales”.
En su mirada, ese entorno quita límites. “Lo que están haciendo es quitando frenos inhibitorios”, dice. ¿Cómo? A través de burbujas que refuerzan la propia visión. “Está esa prisión del algoritmo en la que nosotros lo único que hacemos es consumir contenido que tiene que ver con nuestras preferencias. En ese circuito, el sesgo se vuelve rutina, potenciando nuestras posiciones, dándole de comer al sesgo de confirmación cotidianamente. El resultado es una escalada de agresividad, crecientes niveles de violencia, una deshumanización del que tengo al lado”, explica.
González lo vuelve todavía más concreto cuando habla del salto del mundo digital al mundo real. “Como estamos acostumbrados a insultar a otras personas que no conocemos, el acostumbramiento a este hábitat digital genera ciertos riesgos en cómo nos vinculamos cuando el entorno tiene cara, cuando tiene sentimientos. Es decir: el entrenamiento del agravio en redes puede trasladarse a la vida cotidiana porque normaliza el desprecio y reduce la empatía”, detalla.
Villanueva coincide en que el ecosistema digital actúa como amplificador y acelerador de conflictos. Desde su perspectiva, la viralización convierte episodios puntuales en fenómenos masivos, y la lógica de bandos endurece posiciones. “La violencia, entonces, no se mide solo por golpes o ataques, sino por el modo en que se degrada al otro y se legitima el insulto como forma de participación”, sostiene.
Para González, regular las redes sociales es clave para frenar la violencia digital y restaurar el equilibrio social. Foto: imagen generada por la IA
Regular, tejer comunidad
González propone un giro: discutir soluciones para la violencia digital sin caer en el moralismo. Para él, el problema es que, durante años, los Estados han estado ignorando la regulación de las plataformas digitales. Y recuerda algo central: “No olvidemos que las redes sociales son el negocio de alguien”. Por eso, describe el scrolling como una experiencia económica: “Cuando estás scrolleando, estás caminando por el showroom de alguien”.
El especialista insiste en una palabra que —asegura— hoy genera resistencia: regulación. “Regular no es malo, regular quiere decir poner reglas. Las reglas son elementales para la convivencia”, explica. Para él también es el momento de establecer mecanismos que protejan a los menores, frenen la adicción online y establezcan responsabilidad empresarial. “Tenemos un desafío, hablemos de esto, regulémoslo, fijémonos cuánto tiempo, qué tipo de publicidad. Si no se discute, esto se va de las manos. Creo que lo que cambió en estos 20 años es la virulencia de violencia, se potencia con algunos políticos y se manifiesta en la sociedad ”, indica.
Por su parte, Villanueva presentó dos imágenes de futuro que conviven en el mundo tecnológico: una visión optimista, atribuida a Elon Musk, que imagina un ingreso universal para una sociedad con riqueza abundante; y otra visión, ligada a autores como Curtis Yarvin, que proyecta un tecnofeudalismo, con un Estado ordenador y altas dosis de coerción.
Para lo inmediato, Villanueva propuso reconstruir lazos. Reforzar vínculos con el otro. Volver a tejer comunidad. “Construyendo lazos políticos y sociales, islas de significación humana”, aporta. Asegura que estas prácticas son una forma de resistir el desgaste cotidiano y de rearmar un horizonte, aun en un mundo que cambia demasiado rápido.
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