La defensa del agua y la complicidad entre arte y política

En los días previos a la contramarcha de Vendimia, el sociólogo Mariano Salomone analiza la obra de teatro "La rebelión de las hojas", sobre el intento de modificación de la ley 7722.

La defensa del agua y la complicidad entre arte y política

Foto: facebook.com/arteporelagua

Sociedad Unidiversidad por Por Mariano J. Salomone - sociólogo / Publicado el 21 DE FEBRERO 2020

El 31 de enero se estrenó La rebelión de las hojas. Realizada en un espacio público y al aire libre, los jardines e instalaciones del Parque Central, la obra es una especie de “crónica teatral” de la insurrección popular que vivió Mendoza en diciembre pasado. Sin reducirse a una mera recapitulación de sus hechos, ofrece una narración de aquel acontecimiento político que tuvo lugar hacia fin de año, cuando las intensas movilizaciones que se extendieron por todo el territorio provincial, obligaron al gobernador Rodolfo Suarez a dar marcha atrás a la “reforma” legislativa que había impulsado para destrabar los proyectos de megaminería que hay en carpeta.

Los comentarios que siguen no son una reseña crítica de la obra como tal, relativos a ciertos asuntos como su escenografía, el trabajo de dirección o el desempeño actoral[1]. Retomo apenas un fragmento, una breve escena en la cual es posible reconocer una de las dimensiones que resulta clave en la configuración del conflicto. Estuve allí presente, junto a muchos/as/es otros/as/es, disfrutando de participar en una experiencia artística, esa que produce una torsión en el sentipensar de quien la transita. Primera complicidad entre arte y política.

Hace tiempo que los repertorios de acción de los/as sujetos/as subalternos/as incluyen performances artísticas, algo que en los últimos años ha ido in crescendo. Ese aumento progresivo lo hemos podido observar, por ejemplo, en las marchas del 24 de marzo –hoy Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia-, o en las contramarchas del carrusel vendimial, realizada todos los años en Mendoza desde 2007 y, en los últimos años, ha cobrado gran visibilidad en las manifestaciones del movimiento de mujeres y feministas.

Las prácticas artísticas han acompañado la defensa del agua como bien común desde sus comienzos, siendo parte constitutiva de la lucha contra una minería “contaminante, secante y saqueante”. Así también han estado presentes en la defensa de la 7722 en cada uno de los momentos de peligro que ha atravesado, aquellas situaciones en la que se ha visto amenazada por demandas de inconstitucionalidad o por proyectos de “reforma”.

Se trata en ese sentido de prácticas artísticas que se configuran sobre lo urgente, emergen para visibilizar el conflicto, denunciar los atropellos que produce la desigualdad de poder, contribuir al proceso de construcción identitaria y legitimar una práctica política. Una inagotable galería de fotografías, videos, canciones y murales en diferentes localidades y departamentos de la provincia, que da testimonio de esa lucha. Es de alguna manera un arte testimonial. Por todo ello las prácticas artísticas que rodean la acción colectiva son una de las tantas ventanas a partir de las cuales podemos asomarnos para observar el mundo.

(Foto: facebook.com/arteporelagua)

El fragmento de La rebelión de las hojas que me interesa evocar, es una escena en la que se encuentran dos personajes claramente visibles e individualizables. Por un lado, el Gobernador, quien asoma su torso por lo que podemos imaginar es el balcón o una ventana de la Casa de Gobierno. Del otro lado, observamos al jefe de Policía, con quien el gobernador mantiene un diálogo. Ambos, se encuentran encumbrados en las alturas del imponente edificio, mirando hacia abajo. Frente a ellos, se encuentra el pueblo en plena manifestación. Un detalle importante es que esa muchedumbre está conformada por los/las propios/as espectadores/as, quienes a partir de ese momento –la movilización-, han pasado a ser protagonistas de la escena. Entonces, viene el diálogo [2]:

-El Gobernador pregunta al Jefe de Policía, a los gritos y con un tono entre desesperación y enojo: ¿Qué hace esa gente en mi casa de gobernador?

-Jefe de policía: Han venido porque protestan, protestan y protestan Sr.!!

-Gobernador (a los gritos): Pero… ¿por qué protestan?

-Jefe de policía, responde algo dubitativo al tener que decir lo que pareciera una obviedad: Porque les gusta tomar agua!!

(risotadas de la multitud)

Lo crucial de la escena no tiene que ver solo con su contenido, sino también con su forma jocosa. Toda la gracia recae sobre las respuestas del Jefe de Policía, que cobran su significación en relación a los lugares de poder, a la mirada construida “desde arriba”, desde los sectores dominantes, representada en la escena por el Gobernador.

Así, en las respuestas del oficial, se pone de manifiesto la visión estigmatizante sobre la protesta social que estuvo presente en el debate público sobre la reforma de la 7722, en diferentes ámbitos sociales, incluyendo declaraciones públicas de funcionarios/as, representantes de cámaras empresariales, referentes académicos/as, así como también, en gran medida y sin mayores objeciones, la cobertura que llevan a cabo los medios hegemónicos de comunicación: una mirada que atribuye el conflicto alrededor de la megaminería y las movilizaciones por la reforma de la 7722 al desconocimiento y la falta de información.

Ignorancia plebeya respecto de las leyes y la reforma que se estaba proponiendo, acerca de las ventajas comparativas y los beneficios vinculados a la megaminería, sobre ciertos tecnicismos relacionados con el uso del cianuro. La gente no sabe, pero igual sale a protestar. En efecto, o bien carece de argumentos, o bien los tiene pero no son válidos.

(Foto: facebook.com/arteporelagua)

Es lo que está en juego en la escena destacada de la obra. Ante la pregunta por los motivos de la protesta –qué hace esa gente acá-, la primera respuesta del Jefe de Policía sugiere que la misma transcurre sin ninguna motivación: protestan porque… ¡protestan, protestan y protestan!

Mientras que la segunda intervención, por el contrario, revela finalmente una causa, aunque lo hace con picardía, apelando al doble sentido: están allí… porque les gusta tomar agua. El remate provoca risa porque la respuesta continúa bajo una mirada que desacredita la protesta social, revelando ahora una causa que no sería del todo válida –tanto protestar pareciera que le agarraron gustito, se les ha hecho costumbre-.

Sin embargo, a la vez, deja en claro que aquí la cuestión del “gusto” no se reduce a un simple capricho. Con agudeza, la disparatada escena logra cuestionar la mirada hegemónica y abre la protesta a otro sentido del gusto, en el que la movilización en defensa del agua encuentra uno de sus fundamentos.

Los/as humanos/as somos seres necesitados/as, puesto que no somos una esencia etérea que pueda vivir del aire o alimentarse de una señal wi-fi, por más banda ancha que sea. En tanto seres vivos y naturales, somos seres corporizados. Es lo que advertían las paredes de Cochabamba durante la llamada Guerra del Agua, allá por el año 2000: “Bebo agua, luego existo, entonces voto”. Sin embargo, esas necesidades fisiológicas que supone nuestra existencia corporal no determinan las formas de satisfacerlas.

Ese espacio indeterminado es el que ha dado lugar a modos de producción y reproducción de la vida profundamente contradictorios. El capitalismo se define, precisamente, por llevar al extremo las contradicciones entre necesidad y modo de satisfacción. Sólo así es posible una industria alimenticia que, en manos de capitales transnacionales, lejos de satisfacer el hambre, paradójicamente, se ha convertido en una fuente de degradación de las condiciones ecológicas de sobrevivencia y en un foco potencial de enfermedades y de muerte[3].

Ello atestigua que la defensa del agua y de la vida no son algo inevitable en la existencia de las personas. En tanto demanda social, no se desprende de una necesidad biológica, sino que responde a una trama que ha sido tejida a través del tiempo, un problema que involucra tanto la economía, como la historia política y cultural del pueblo mendocino.

Debemos a un conocido historiador inglés, Edward P. Thompson, un intelectual comprometido con la “historia desde abajo”, el haber comprendido que la protesta social responde a lo que él llamaba una economía moral. Es decir, las acciones colectivas no son una respuesta refleja a una pura necesidad (el hambre, la miseria… la sed), sino que los/as sujetos se movilizan a partir de la compleja trama que entretejen sus memorias, tradiciones, valores culturales y estéticos, prácticas de la vida cotidiana, experiencias organizativas, anticipaciones utópicas.

“El agua vale más que el oro”; “no a la minería contaminante, secante y saqueante”; “Mendoza es hija del agua”, “la 7722 es la memoria del agua”, son algunas de las demandas visibles que hoy organizan esa economía moral. Los usos y costumbres que las sostienen han cristalizado en leyes e instituciones -Irrigación, Ley de aguas, 7722-, han sido parte de los relatos históricos que forjaron la provincia -el manejo del agua en cada una de las gestas- y ritualizadas año a año en actos como el de la Fiesta Nacional de la Vendimia.

(Foto: facebook.com/arteporelagua)

En el último tiempo hemos asistido a una proliferación de información que nos alerta sobre una inminente catástrofe ecológica como producto de la situación crítica (extrema) a la que la modernidad ha llevado la relación sociedad-naturaleza. Abundan cotidianamente los informes científicos acerca de los efectos irreversibles del cambio climático; los testimonios de comunidades y pueblos que advierten sobre el dramático impacto que provocan las actividades extractivas en sus territorios; los documentos de organismos internacionales relativos a los desafíos que enfrenta la humanidad frente a la crisis global actual.

En ese contexto, la moralidad de la protesta que exigió la derogación de la ley 9209 -“ley cianuro”-, pese a las acusaciones que recibía de los/as principales promotores de aquella reforma –estigmatización que reprochaba una mezcla de irracionalidad, ignorancia y atraso-, es curiosamente lo más pragmático que podríamos desear.

Frente al histórico saqueo y despojo al que ha estado ligada la explotación de la naturaleza en nuestra región, la defensa del agua como bien común forma parte de una ética necesaria, que emerge desde la experiencia de quienes se ven afectados/as para designar aquellos asuntos que resultan indispensables a la reproducción de la vida y que, por ello, son tenidos socialmente como inapropiables: “la 7722 no se toca”; “el agua no se negocia”; “la cordillera / que linda está / y si la tocan que quilombo se va a armar, olé olé, olé olá…”.

Es un largo aprendizaje por el que ha tenido que atravesar el pueblo mendocino en cada uno de los departamentos de la provincia, poniendo en juego la histórica valoración social del agua en estas tierras, interiorizándose en los por menores técnicos de la minería a gran escala, conformando organizaciones territoriales, aprendiendo a trabajar colectivamente en la diversidad, tomando consciencia de la crisis hídrica actual. Un conjunto de saberes construido desde los territorios y profundamente atado a los dilemas y desafíos de nuestra época.

Tal como sucede en la escena teatral, la protesta social reúne necesidad y deseo, en el sentido que la defensa de la 7722 forma parte de una opción que se abre, entre pasado y presente, a diferentes horizontes societales. Si la defensa del agua como bien común es parte de una apuesta –no algo inexorable- el lucro y la mercantilización de la vida tampoco es algo a lo que estemos ya condenados. Todo dependerá de las complicidades tejidas desde abajo, como en La rebelión de las hojas, para dejar de ser espectadores/as y pasar a ser protagonistas de la escena.

Notas

[1] La obra se estrenó como parte de otras acciones que se llevaron a cabo en la provincia al cumplirse el primer mes de la derogación de la ley 9209. La dramaturgia del texto estuvo a cargo de Belén Leytón y Carolina Duarte, participaron alrededor de 60 artistas en escena y la dirección estuvo a cargo de Fabián Castellani, Gabriela Céspedes, Pinty Saba, Alejandro Conte, Kameron Steele, Ivana Catanese y Gonzalo Aranda.

[2] En la página de Facebook del colectivo Arteporelagua puede verse un extracto audiovisual que contiene varios recortes de la obra. El primero de ellos, precisamente, es el breve fragmento al que hago referencia aquí. Ver la escena permite acceder a otros registros como la disposición de los cuerpos, el tono de la voz, la gestualidad y otros recursos que hacen a la significación de la misma. Aquí el link: https://www.facebook.com/arteporelagua/videos/137534144005245/?epa=SEARCH_BOX

[3]http://ecologiapoliticadelsur.com.ar/uploads/filemanager/Herencias%20de%20Occidente-%20Machado%20A..pdf

opinión | 7722 | minería | arte | sociología