La ley procura igualdad, pero la tradición es más fuerte: el apellido del padre sigue yendo primero
Aunque el Código Civil ya no lo establece, se sigue anotando a niñas y niños prioritariamente (solo o en primer lugar) con el apellido del padre. Las parejas encuentran múltiples razones y el 95 % de quienes llevan doble apellido tienen el paterno por delante. El linaje de los varones, la pérdida de genealogía de las mujeres.
En un árbol genealógico, las genealogías que se mantienen son las masculinas.
La ley argentina ya no le da primacía absoluta al apellido paterno, pero eso no ha cambiado la costumbre de usarlo prioritariamente en hijos e hijas. Desde que entró en vigencia el actual Código Civil y Comercial, en 2015, las y los cónyuges pueden elegir libremente qué apellidos usar y en qué orden, pero siguen eligiendo principalmente el del padre. Según datos del Registro Civil de Mendoza de 2025, entre quienes eligieron el doble apellido, el 95 % decidió poner por delante el paterno.
La realidad no es la misma que décadas atrás —y la ley tampoco—, pero siguen operando mecanismos —a veces inconscientes— para cumplir los mandatos y las tradiciones: en este caso, que el padre le da el apellido a toda la familia. Antes era extendida la práctica de que las mujeres llevaran el apellido del marido (con o sin “de”). Hoy eso casi no existe, pero sí sigue habiendo resistencias para usar el de la madre en hijos e hijas. En cualquier entorno, esto se traduce, explícita o implícitamente, en excusas que las personas encuentran para poner —solo o en primer lugar, cuando es doble— el apellido del padre.
Las reglas están claras: la ley actual ya no le da preferencia al apellido paterno, pero las personas, la cultura, las tradiciones, sí. Que el apellido de él es distintivo, que el de ella es muy común; que el nombre elegido combina mejor con el de él, que el de ella no suena bien, es raro o difícil de escribir; que, si no, con él se termina el nombre de la familia, que ella igual no tiene buena relación con la suya; que a él le genera mucha ilusión; que alguna de las personas en la pareja es más machista, que las tradiciones son importantes; que siempre lo imaginaron así, que nunca se lo cuestionaron; que él es más insistente, que —finalmente— a ella le da lo mismo o prefiere evitar la discusión.
Si el resultado de esos argumentos fuera igualitario, el panorama sería otro. Pero lo cierto es que a la hora de poner en la balanza, el apellido de las mujeres casi nunca termina siendo elegido. Todas esas explicaciones que las personas se dan para sí o para su entorno son, en realidad, parte de un síntoma mayor de una sociedad desigual, porque no son aisladas e individuales, sino generalizadas y sociales.
En 2025, el 82 % de bebés llevaron, adelante o solo, el apellido del padre. El director del Registro Civil de Mendoza, Agustín Píscopo, precisó sobre las inscripciones de nacimientos en 2025 en nuestra provincia (17557 en total): el 64,19 % usaron doble apellido con el del padre primero; el 17,7 %, únicamente el apellido paterno; el 15 %, únicamente el apellido materno, y solo el 3,09 % tiene doble apellido con el de la madre primero. La situación se repite en otros lugares, como muestran estas notas sobre Córdoba y Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
La psicóloga Laura Müller pone de relieve: “Una madre, de noche, rotulando útiles escolares. Escribe nombre y apellido. El apellido del padre que no estuvo en la compra, que no preguntó por la lista, que no pidió el día en el trabajo para acompañar el primer día de clases. Mientras tanto, el reconocimiento simbólico —el nombre, el linaje, la identidad forma— sigue estando asociado al varón”.
El Código Civil anterior —aquel redactado por Vélez Sársfield, que estuvo en vigencia entre el 1.º de enero de 1871 y el 31 de julio de 2015— le daba prioridad absoluta al apellido paterno. El artículo 64 del Código Civil y Comercial en vigencia cambió las cosas, al menos normativamente. Las familias pueden elegir cómo conformar la identidad de sus hijas o hijos al momento del nacimiento, siempre dentro de las reglas establecidas.
¿Cuáles son esas reglas? Los niños o niñas deben llevar el primer apellido de la madre o del padre, o ambos combinados, en el orden que elijan. Si no se deciden, el Estado no lo impone, sino que —respetando el principio de igualdad— se resuelve por sorteo —sí, por azar— en el Registro Civil. Esa elección se debe repetir en adelante para el resto de las hijas y los hijos del mismo vínculo filial. ¿Puede llevar mi segundo apellido? No. ¿Puede llevar mis dos apellidos? No. ¿Puedo ponerle un apellido a mi primera hija y otro al segundo? No.
Si la persona es adoptada o el nacimiento es extramatrimonial, lleva el apellido del progenitor o progenitora con quien tiene relación —si es solo uno— y, si no, sigue las reglas generales. Antes, el doble apellido no era una práctica popular, estaba fuertemente relacionado con la pertenencia a una clase socioeconómica media alta o a familias reconocidas, pero hoy el 67,2 % de las personas lo tiene registrado.
Ese niño o niña con doble apellido, si más adelante elige procrear, podrá nombrar con su apellido, pero siempre va a ser el primero, nunca el segundo. Entonces, la identidad paterna se transmite y se mantiene, mientras la materna se diluye.
Hay un número sobre el cual el director del Registro Civil de Mendoza no pudo dar precisiones: ¿cuántas de las personas que llevan solo el apellido materno tienen solo relación con la madre? ¿Y cuántas de las personas que llevan solo el apellido paterno tienen solo relación con el padre? Algunos nacimientos se inscriben de oficio, otros son anotados con un progenitor o progenitora y después el otro o la otra se acerca a reconocer el vínculo, etc. Esa anotación simple, entonces, no sería una estadística específica sobre si existe o no el doble vínculo.
Sin embargo, Agustín Píscopo remarcó que “el 99 % de las acciones relativas al nombre son por la supresión del apellido paterno”. No tienen los totales concretos porque son estadísticas de la Justicia, pero puede hacer esa afirmación ya que en el Registro Civil se abocan a concretar lo que dicten las órdenes judiciales relativas al nombre.
Si bien no es posible trazar una línea de causalidad, de correlación ni de variación conjunta, sí se puede profundizar en la problemática si se tiene en cuenta que en Mendoza hay un 19 % de hogares monoparentales que son, en su mayoría, monomarentales. Según la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) de la Dirección de Estadísticas e Investigaciones Económicas (DEIE) publicada en junio de 2025, en casi nueve de cada diez hogares mendocinos con solo un o una cónyuge a cargo de uno o más hijas e hijos, las jefas de hogar son mujeres.
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