“La seguridad se transformó en la vidriera de la política”

Lo aseguró el investigador, Esteban Rodríguez Alzueta, quien presentó en Mendoza su libro "Temor y control: la gestión de la seguridad como forma de gobierno".

"La seguridad se transformó en la vidriera de la política"

Fotos: Esteban Prieto para Campaña Nacional contra la Violencia Institucional Mendoza

Sociedad

Unidiversidad

Verónica Gordillo

Publicado el 02 DE ABRIL DE 2015

El abogado y magíster en Ciencias Sociales Esteban Rodríguez Alzueta aseguró que, en materia de seguridad, no se replicaron las reformas progresistas que se pusieron en marcha en otras áreas en los últimos diez años. Dijo que faltaban acuerdos sociales y políticos que permitieran sustraer este tema de la coyuntura electoral, al tiempo que consideró que hoy la seguridad se transformó en la vidriera de la política.

Como parte de las actividades por la Semana de la Memoria, e invitado por la Campaña Nacional contra la Violencia Institucional Mendoza, Rodríguez Alzueta presentó su último libro: Temor y control: la gestión de la seguridad como forma de gobierno, en el auditorio Juan Draghi Lucero, de Radio Nacional Mendoza. Al investigador lo acompañaron el director del Centro de Estudios, Análisis e Investigación en Seguridad Urbana de la UNCUYO, Martín Appiolaza, y el referente de la Campaña contra la Violencia Institucional en Mendoza, Lautaro Cruciani.

El profesor de las universidades nacionales de La Plata y Quilmes se interesó por analizar y estudiar el tema de la seguridad a partir de su militancia social, de compartir la historia de los vecinos que se enfrentaban a la criminalización de la pobreza, a la judicialización de la protesta y a la violencia policial. La pregunta siempre fue la misma: "¿Qué hacemos?". El libro intentó darles información para debatir, reflexionar y encontrar juntos los caminos a seguir.

Fue desde ese lugar que comenzó a analizar la problemática intentando evitar las visiones simplistas, maniqueas, en las que las soluciones eran parecidas y casi mágicas. Sobre todo, buscó elaborar un texto que uniera un problema con otro, contextualizar la información, dándole un marco histórico que permitiera comprenden la raíz de los conflictos y las propuestas de soluciones.

Una de las preocupaciones del investigador fue que su reflexión sobre el tema no quedara en la biblioteca de una universidad, sino que fuera un texto que despertara el debate. Por eso, al comienzo de su exposición dijo que había escrito el libro y que después su deber era salir a militarlo, a ponerle el cuerpo a las ideas que ahí estaban plasmadas. Para Rodríguez Alzueta, si bien en esta materia no se pusieron en marcha reformas progresistas, sí hubo avances, como la cantidad de investigaciones sobre el tema, los debates y la información, que brindaban una base científica importante para comenzar a pensar en soluciones.

Desde las butacas del auditorio lo escuchó un público variopinto, en el que se mezclaron vecinos preocupados por la inseguridad, docentes que querían pero no sabían cómo enfrentar las problemáticas cotidianas y amigos y familiares de las víctimas de gatillo fácil. Todos aportaron sus puntos de vista y compartieron sus opiniones con el investigador.

El abogado les planteó la responsabilidad y el papel que jugaban –que jugábamos– en este tema. Comentó que uno de los ejes de su investigación: que no había violencia policial ni detenciones por averiguación de identidad sin proceso de estigmatización social, sin las palabras filosas que los vecinos iban tallando en forma cotidiana para nombrar al otro como el peligroso, como el problema.

Diálogo y debate

El debate que se generó entre el público y el autor fue lo más rico de la presentación. Un compañero de Leonardo Rodríguez planteó el tema de la violencia policial y contó que al adolescente lo detuvieron por averiguación de antecedentes, lo trasladaron a la comisaría 27 y que, según el informe oficial, se ahorcó con su propia remera en la celda. Una versión que sus familiares y amigos no creen.

La discusión giró en torno a la policía y a la necesidad de poner en marcha una reforma. Rodríguez Alzueta dijo que pegarle a la policía era lo más fácil, que era el último orejón del tarro, que era necesario analizar el tejido de relaciones en el que se manejaban, porque eran ellos los que resolvían los problemas de un montón de actores al regular los mercados informales e ilegales.

Una mujer planteó la necesidad de realizar un cambio y la desesperanza frente a la repetición de las mismas conductas policiales. Fue Appiolaza quien le contestó, ya que participó en la reforma en materia de seguridad que acordaron los partidos políticos mayoritarios a fines de 1998 en Mendoza y que fue precedida por una serie de casos de abuso y de gatillo fácil, y por una revuelta policial.

Appiolaza recordó los ejes centrales de esa reforma: la autoridad civil recuperó la jefatura policial, todos los planes del área se harían por consenso y la profesionalización de los uniformados, para lo que se abrió el Instituto Universitario de Seguridad Pública. El especialista planteó que los lineamientos de esta política se mantuvieron hasta 2003 y que luego se volvieron a instaurar las viejas prácticas, relacionadas con la militarización. El especialista mendocino planteó que la primera pregunta que debía hacerse era qué reforma se haría, cómo y teniendo en cuenta qué diagnóstico.

Rodríguez Alzueta aportó su punto de vista. Explicó que, para hacer reformas en el seno de la policía, se necesitan tiempos largos, acuerdos políticos y sociales y, sobre todo, poner en crisis ese imaginario que rezaba que la seguridad era igual a la policía.

Otro de los presentes consultó al investigador por el papel que jugaban los medios de comunicación. El abogado le contestó que pasaron de la crónica policial –que pensaba a la conflictividad como un hecho extraordinario–, a una agenda securitaria donde se abordaba el delito en serie y donde todos tenían algo que decir, tanto la víctima como quien se suponía que a futuro podía serlo.
 

Procesos complejos

Luego del debate, el investigador habló con Edición UNCUYO y resaltó la necesidad de contextualizar esta problemática y de abordarla con una visión amplia.

¿Cómo fue el abordaje que realizó para ampliar la visión sobre el tema y no caer en las respuestas repetidas?

Uno tiene que leer un problema al lado de otro problema, pensar que los problemas tienen un contexto, una historia que nunca es transparente, que siempre es engorrosa, que está hecha de relaciones muy distintas. Me parece que uno tiene que tener este reparo. Esto supone también pensar la realidad de una manera compleja, para pensar soluciones también complejas porque las soluciones simples –que no necesariamente tienen que ser las mejores– necesitan también de un diagnóstico simple y esa simpleza está hecha de recortes, de andariveles, de simplificaciones, de estigmatizaciones, de chivos expiatorios, de ese tipo de interpretaciones que lo único que hacen es agregarle mayor conflictividad a ese problema que uno quiere abordar.

En la charla planteó que en esta materia no se visualizan reformas progresistas, que sí se dieron en los últimos diez años en otras áreas.

No es que no se avanzó nada, no es que estamos en el grado cero. Además, los procesos de reforma están hechos de avances y retrocesos. Los procesos de reforma necesitan esos traspiés porque es la mejor manera de comprender las complejidades en las que estamos involucrados, pero no ha sido exitosa, no hemos podido encarar exitosamente procesos de reforma porque no hemos podido construir esos tiempos largos que necesitan las reformas para poder carretear.

¿Por qué no hemos podido construir esos tiempos largos para una reforma?

Porque no quisimos, no pudimos, no supimos construir consensos políticos y sociales que nos permitieran sustraer estos temas de las agendas electorales, de las coyunturas electorales. Muchas veces los funcionarios no saben o no pueden construir esos consensos políticos. Como dijo alguna vez Marcelo Saín (diputado provincial por Nuevo Encuentro, designado como director de la Escuela Nacional de Inteligencia): al gobierno de turno, al funcionario de turno, le sale más barato negociar con la policía, que asumir los costos políticos que implicaría encarar una reforma sin consensos políticos y sociales fuertes.

Esa imposibilidad de sustraer este tema de las agendas electorales es algo que queda claro con las campañas para las PASO.

Exactamente. Ese tipo de campañas no son los mejores contextos para discutir nada porque se hacen manipulando el dolor del otro, se hace política con la desgracia ajena, se hace política con el miedo, y no son contextos donde la palabra pueda fluir con responsabilidad, con escucha, entendiendo que lo que le pasó a él no es lo único que está pasando, sino que pasan otras cosas y que también hay que escucharlo para tener una respuesta más compleja y más fructífera. Hoy la seguridad se transformó en la vidriera de los políticos.

¿Cuáles son los aspectos en los que avanzamos y en cuáles hubo un retroceso o una falta de acción?

En materia de seguridad se avanzó, sobre todo, agendando a los sectores progresistas en que la seguridad era un tema en el que uno tenía que involucrarse. También, no asociando la seguridad a la policía, el no uso de la fuerza letal en la protesta social, por ejemplo. Pero, también hay que decir, en agendar determinadas conflictividades sociales que antes no se hacían, como la trata de personas con fines de explotación sexual. Antes, la sociedad patriarcal la invisibilizaba con chistes verdes y fáciles; me parece que hoy distintos gobiernos han sabido tomar reclamos de distintas organizaciones sociales sobre estos problemas. De todas formas, eso tampoco implica que la respuesta que pueda dar sea exitosa, que pueda perdurar en el tiempo. Los cambios no son irreversibles, sino que son objeto de reversibilidad, porque detrás de estos procesos de reforma hay luchas de poder, tensiones entre distintos actores que juegan distintos partidos, que juegan distintos intereses. Entonces no está dicha la última palabra, no ha sido una década ganada, pero tampoco estamos en el grado cero, me parece que hemos aprendido de todos los errores que hemos cometido, lo que no es poco.

Usted también habló de la conexión estrecha que existe entre violencia institucional y  estigmatización social

El libro justamente se llama Temor y control, porque lo que buscaba era explorar las relaciones de continuidad que existían entre determinadas rutinas institucionales y determinadas rutinas sociales. Siempre digo que no hay olfato policial sin olfato social, no hay detenciones sistemáticas por averiguación de identidad, sin esos procesos de estigmatización, sin esas palabras filosas que los vecinos van tallando cotidianamente para nombrar al otro como peligroso, como problema. Porque esos clichés, esos estereotipos que vamos construyendo, esos estigmas que les endosamos a determinados actores legitiman y habilitan a que las policías pateen el barrio de esa manera y no de otra.

Otro de los temas que abordó fue el de las reformas policiales. ¿Cómo se construye algo distinto?

Creo que la policía no es un monstruo, no es una corporación, porque la policía está hecha de relaciones subrepticias, tiene sus pasadizos abyectos con las clases dirigentes, con la familia judicial, con abogados, con otros actores económicos. Me parece que cuando uno piensa a la policía como un bloque, lo que está haciendo es sustrayéndose de la búsqueda de una respuesta para un problema que no lo va a arreglar planteando que la policía es el demonio. Si demonizamos a la policía, la única solución es su implosión. Como esto es imposible, me parece que uno tiene que empezar a percibir que la policía no es un bloque, que no es unidimensional, que hay fisuras, que hay grietas, que hay actores que también tienen sus contradicciones, otros puntos de vista, y que desde ahí hay que empezar a tejer alianzas estratégicas con esos sectores, actores de las mismas policías para encarar procesos de reforma que también necesitan tiempos largos.

¿Hay alguna provincia que haya realizado una reforma exitosa o que por lo menos siga en marcha?

No, si hubiesen sido exitosas no estaríamos hablando de esto, sino de otra cosa. Pero puesto que con la policía le hemos pifiado, puesto que en la respuesta frente al enemigo conflictivo le hemos pifiado, estamos hablando de esto, lo que no significa que no se ha hecho nada en este punto. Se ha avanzado, se han instalado discusiones, aprendimos. Hemos generado recursos humanos, cuadros, hemos escrito libros, tenemos informes, sabemos bastante sobre estas conflictividades, sabemos sobre todo qué no hay que hacer para no seguir con el mismo derrotero, y sabemos todo lo que nos falta. Y sabemos que para encarar cualquier proceso de reforma son necesarios acuerdos sociales y políticos amplios que nos sustraigan –insisto en este tema– de la coyuntura electoral para escapar a la demagogia punitiva, para escaparle a las soluciones punitivas que hacen política con la desgracia ajena y que prometen más policías y más cárceles a cambio de votos.

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