¿Hay mujeres en las ciencias duras? La Cátedra Matilda desafía la invisibilización de las ingenieras

El Efecto Matilda nombra el sesgo que consiste en ignorar, silenciar o atribuir a hombres los hallazgos realizados —también o solo— por científicas. La Cátedra Matilda es una iniciativa de distintas facultades latinoamericanas para visibilizar a las ingenieras, cuidar su profesionalización y fomentar las vocaciones científicas.

¿Hay mujeres en las ciencias duras? La Cátedra Matilda desafía la invisibilización de las ingenieras

Las estudiantes de la FCAI son 6 de cada 10 del total. Foto: Facebook FCAI

Sociedad

Unidiversidad

Julia López

Publicado el 01 DE ABRIL DE 2026

¿Qué habría pasado si Einstein hubiera nacido mujer? Esta pregunta, que encabeza diversas campañas globales de concientización, no es solo un ejercicio de imaginación, sino una interpelación directa a la historia de la ciencia y la tecnología. Durante siglos, las contribuciones femeninas han sido sistemáticamente omitidas, relegadas o atribuidas a colegas varones. Hoy podemos nombrar el fenómeno: Efecto Matilda. En el ámbito regional, surge una respuesta universitaria: la Cátedra Matilda, un espacio no simplemente académico, sino una red de resistencia y construcción colectiva que busca transformar las facultades de ingeniería en espacios verdaderamente inclusivos y representativos para las mujeres y las disidencias sexogenéricas.

La Cátedra Abierta Latinoamericana Matilda y las Mujeres en Ingeniería no se trata de una aula física única, explica la vicedecana de la Facultad de Ciencias Aplicadas a la Industria (FCAI) de la UNCUYO, Alejandra Morant. Es un proyecto que trasciende las fronteras nacionales e integra a estudiantes, docentes y profesionales de toda América Latina para fortalecer las trayectorias de las mujeres vinculadas a estas disciplinas y fomentar las vocaciones en niñas y adolescentes. 

El propósito fundamental de la Cátedra Matilda es visibilizar el trabajo de las ingenieras y romper con la idea de que las carreras STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, por sus siglas en inglés) son territorios exclusivamente masculinos. Esta necesidad surge de una realidad estadística: a nivel global, las mujeres representan menos de un tercio de los investigadores y solo el 3 % de los Premios Nobel en ciencias, según señala un estudio de ONU Mujeres de septiembre de 2020

En América Latina, las cifras en ingeniería y tecnología siguen siendo bajas, con porcentajes que en muchos países no superan el 30 % de participación femenina. Esta presencia inferior no es producto de una falta de capacidad, sino de un entramado de microdesigualdades, estereotipos culturales y entornos que históricamente han resultado hostiles o "expulsivos" para las mujeres. 

Sin embargo, en la FCAI, explica la vicedecana, la planta estudiantil no es mayoritariamente de varones. En parte por la oferta limitada del sur provincial y en parte por la llegada de estudiantes de provincias del sur del país, la balanza se equilibra. De hecho, la Secretaría Académica de la UNCUYO y la facultad de San Rafael coinciden en que en esa unidad académica, seis de cada diez estudiantes son mujeres

En su sitio web, la Cátedra Matilda pone a disposición un repositorio de buenas prácticas, es decir, de iniciativas para limitar las desigualdades de género, que cada nodo de América Latina va cargando en un apartado. Son todas las acciones que tienen como objetivo fomentar o mejorar el transitar de las mujeres en las facultades de ingeniería, desde el claustro que sea. 

Frente a este panorama, instituciones como la FCAI han tomado la iniciativa de implementar acciones concretas que intentan ir más allá del discurso. Una de las medidas fundamentales ha sido la creación del Área de Mujeres, Género y Diversidad, un espacio que formaliza y da identidad a las políticas de equidad dentro de la facultad. También inauguraron un espacio para lactancia, con la intención de acompañar a estudiantes y trabajadoras, para que la maternidad no sea un obstáculo para el desarrollo académico o profesional. 

Estas acciones buscan transformar la cultura de la institución, donde muchas veces los prejuicios machistas han estado instalados de manera subconsciente. La discriminación no es específica de la institución ni de las carreras STEM, es cultural, resalta la ingeniera en Alimentos y docente de primer año. Y los cambios culturales repercuten en la facultad porque, en paralelo a los cambios sociales, ya no se escuchan comentarios machistas del tipo “esto tal vez las mujeres no lo entienden” o “esto las mujeres lo relacionan con cuestiones domésticas”.

Si hay mujeres en la ciencia, ¿por qué no las vemos?

Un aspecto crucial de esta lucha por la igualdad es el combate a la invisibilización simbólica. Es común observar que los espacios físicos —no solo en las universidades— tienen nombres de varones. En la FCAI —repasa la vicedecana, Alejandra Morant— pasa con el aula magna, la planta piloto, la biblioteca. Actualmente, el único espacio que honra a una mujer es el de Ciencia y Técnica, con el nombre de la ingeniera Alicia Ordóñez, la primera mujer en ocupar el decanato de la institución.

Para revertirlo, han impulsado el reconocimiento de sus primeras egresadas a través de una línea del tiempo ubicada en la entrada de la biblioteca que es, además, el ingreso a la facultad. Este gesto busca poner en valor a las mujeres que transitaron por la facultad desde que entregó los primeros títulos, a fines de los 60 y principios de los 70, cuando nació como Instituto Tecnológico Superior. 

Además del reconocimiento institucional, la facultad trabaja en rescatar el legado científico de las mujeres a través de herramientas pedagógicas diversas. Una de ellas es la creación de una línea del tiempo de inventos realizados por mujeres, que incluye desde elementos de la vida cotidiana como el limpiaparabrisas hasta avances médicos como las tiras reactivas para análisis de orina. El objetivo es que las y los estudiantes, especialmente en los primeros años de la carrera, puedan identificar referentes femeninos que han sido protagonistas de descubrimientos fundamentales pero que quedaron ocultos en la historia oficial de la ciencia. Es un trabajo clave para combatir la percepción social errónea de que las mujeres nunca se han interesado por las ciencias duras o que las niñas son peores que los niños en estas disciplinas. 

¿Por qué Matilda?

Para comprender acabadamente el nombre de la cátedra, es necesario explicar el concepto que da nombre a la cátedra: el Efecto Matilda. No es por la historia de Roald Dahl que se hizo película. Este término fue acuñado en 1993 por la historiadora de la ciencia Margaret Rossiter para describir el sesgo de género que consiste en ignorar, silenciar o atribuir a hombres los hallazgos realizados por científicas. Rossiter eligió este nombre en honor a Matilda Joslyn Gage, una sufragista y abolicionista del siglo XIX que fue de las primeras en denunciar públicamente cómo se le negaba el crédito a las mujeres inventoras. Gage misma fue víctima de este efecto, ya que su papel en la lucha por los derechos de la mujer fue minimizado al escribirse la historia del movimiento.

El Efecto Matilda ha dejado huellas en la historia de la humanidad. Un caso emblemático —solo a modo de ejemplo— es el de Lise Meitner, la física que descubrió la fisión nuclear junto a Otto Hahn. A pesar de que Meitner proporcionó la interpretación teórica crucial para entender el fenómeno, solo Hahn recibió el Premio Nobel de Química en 1944. Casos como el de Meitner se repitieron tanto que tiene un nombre.

Las mujeres, pese a tener una gran capacidad y profesionalismo, no recibían el mismo reconocimiento por sus resultados que sus colegas masculinos. La Cátedra Matilda busca, precisamente, que no existan más “Matildas", que no haya más especialistas en el anonimato y que las nuevas generaciones de ingenieras no tengan que enfrentar estas barreras culturales e institucionales.

La labor de la cátedra también se materializa en la producción editorial, con la publicación anual de libros que recopilan testimonios de ingenieras latinoamericanas. Estos relatos sirven como herramienta de visibilización e inspiración, cuentan experiencias sobre cómo estas profesionales enfrentaron dificultades y ocuparon lugares decisivos, y se convirtieron en modelos a seguir para las niñas que hoy sueñan con estudiar una carrera STEM. El logotipo de la cátedra, una hoja de abedul, simboliza la resistencia y la adaptación a los distintos medios, características que han definido el transitar de las mujeres en la ingeniería a lo largo de las décadas.

En definitiva, iniciativas como la Cátedra Matilda denuncian la invisibilización y reparan una deuda histórica. No se trata solo de alcanzar una paridad numérica, sino de transformar la estructura misma del conocimiento para que las futuras ingenieras sientan que las aulas y los laboratorios son, por derecho propio, sus espacios. 

La Cátedra Matilda como iniciativa regional

Nació como una iniciativa conjunta del Consejo Federal de Decanos de Ingeniería de Argentina (Confedi), la Asociación Colombiana de Facultades de Ingeniería (Acofi) y el Consorcio Latinoamericano y Caribeño de Ingeniería (LACCEI). Su constitución oficial se dio en el marco de la Multi-Conferencia Internacional de LACCEI en 2020. Se consolidó como un espacio académico para el debate, la reflexión y la investigación. 

La estructura de esta cátedra es diversa y sus objetivos, también, explicó la vicedecana de la Facultad de Ciencias Aplicadas a la Industria (FCAI) de la UNCUYO, Alejandra Morant. Está integrada por referentes de distintas facultades; por ejemplo, en nuestra universidad, sus referentes son el decano de la FCAI y la decana de la Facultad de Ingeniería. Y existen miembros suplentes que participan activamente en la red, como Morant. 

A nivel general, la Cátedra Matilda cuenta con un comité ejecutivo con representantes de distintos países latinoamericanos que se renuevan periódicamente. El trabajo se organiza a través de comités temáticos que abordan áreas como las vocaciones, el ejercicio profesional, el mentoreo, la educación y la comunicación, para asegurar que la perspectiva de género atraviese todos los niveles del quehacer en las ingenierías.

 

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