“No venden el dato, venden la capacidad de predecir comportamientos”
¿Cuál es el costo de la vida digital? Hay una falsa creencia sobre la gratuidad en la internet. Hay servicios que se pagan con dinero, pero lo cierto es que pagamos con nuestros datos. ¿Qué hacen las empresas con esa información mientras la IA avanza? Diego Silva, docente e investigador en la UNCUYO, nos ayuda a entender este presente complejo y desafiante.
“Los datos son el combustible de la IA, el nuevo petróleo”, dice Diego Silva, docente e investigador en la UNCUYO. Ahora bien, ¿qué costo tienen esos datos? Porque una idea generalizada, desde que internet es parte de nuestras vidas, es que la gratuidad y el acceso irrestricto son la columna vertebral de la web. La oferta estaba clara: correo electrónico, mapas, redes sociales, buscadores, aplicaciones de mensajería... todo a “costo cero”. Entonces, ¿qué damos a cambio?, ¿es tan simple como mirar una publicidad a cambio de minutos libres en YouTube?, ¿lo único que quieren las grandes empresas es vendernos productos?, ¿o hay algo más profundo que no alcanzamos a ver?
La frase “si no estás pagando por el producto, tú eres el producto" germinó en el territorio digital y se catapultó como norma. Entonces, si no pagamos con dinero, pagamos con nuestros datos, que se han convertido en el bien más preciado.
Silva, que es especialista en educación digital e IA, afirma: “Durante años pensamos que los servicios digitales eran gratuitos, solo pagamos el acceso. En realidad, muchas veces el intercambio no era dinero por servicio, sino datos por servicio. Cada clic, búsqueda o reproducción deja una huella. Las plataformas necesitan conocer nuestros hábitos para sostener su negocio y ofrecernos más de lo que estamos mirando”.
En este sentido, dice respecto a la frase “si no estás pagando por el producto...”, que cambió el producto: “Ya no solo somos nosotros, no solo son nuestros datos, hoy el verdadero producto es nuestra atención”.
Entender a la “atención” como insumo es comprender el nuevo mundo en el que vivimos digitalmente. “Cuando usamos una aplicación para navegar, comprar, mirar series, escuchar música o mirar videos, no solo consumimos contenido: también ayudamos a mejorar el sistema que aprende de nosotros. Los datos son importantes, pero entender cómo nos comportamos vale todavía más”, comenta el investigador y agrega: “Un dato aislado vale poco o nada. Lo valioso es el patrón”.
Costo por mes (mayo) para un trabajador o trabajadora digital que no necesita equipamiento de alta gama.
Entonces, toda la ingeniería algorítmica va mucho más allá de detectar búsquedas aisladas. La acumulación de datos a lo largo del tiempo es la clave. “Si durante meses busco deportes, nutrición, entrenamiento y equipamiento, el sistema empieza a construir un perfil mucho más preciso. No venden el dato, venden la capacidad de predecir comportamientos. El negocio no está en saber quién sos. Está en anticipar qué vas a hacer y qué necesitás”, describe Silva.
Un intercambio poco claro
Desde finales de 2022, ChatGPT (el popular chatbot desarrollado por OpenIA) abrió un mundo de posibilidades en el que no paramos de hablar, evaluar e imaginar cómo la IA nos va a cambiar la vida (¿ya la cambió?). Su uso creciente y, más allá de que había desarrollos previos, comenzó a poner en jaque nociones poco exploradas, ideas que hasta hace poco eran ficción. La premisa de que es posible entrenar un LLM (Large Language Model por sus siglas en ingles) en base a cantidades masivas de texto habilita a estos chatbots a comprender, resumir, traducir y generar contenido de forma natural y predictiva.
En este nuevo universo donde aún hay muchas preguntas sin respuestas, Silva pronuncia la frase con la que abrimos esta nota: “Los datos son el combustible de la IA. El nuevo petróleo”. Su afirmación se basa en que la IA no apareció de la nada sino que se construyó sobre enormes cantidades de datos generados por las personas durante años, “desde que existe Internet”.
En este presente desafiante, el investigador indica que una clave para no dar pasos en falso “es la educación y el conocimiento sobre los datos, Internet e IA. todos debemos saber qué están haciendo con nosotros. En los primeros años (de internet) la discusión era quién tenía más datos. Hoy empieza a ser quién tiene mejores datos. Sin datos no hay inteligencia artificial. Pero sin criterio humano tampoco hay inteligencia”.
Usuario versus ciudadano digital
Hoy, el costo de ser ciudadano digital es visible y medible. Hablamos de cuando pagás internet, una suscripción o renovás tu notebook o celular. Sabés exactamente qué estás comprando y cuánto vale, podés decidir si te conviene o no. En síntesis, es una transacción real. Aunque, párrafo aparte, se puede evaluar si en Argentina ese costo es elevado o no en comparación con otros países.
Ahora bien, con servicios gratuitos o pagos, la lógica de entrega de datos sigue siendo la misma. No hay boleta. No hay cifra. No hay, de forma clara, consentimiento. El escudo protector para las compañías es un botón de “acepto” cuando le damos “permitir” para avanzar con cualquier instalación de sortware. Entonces, como dice Silva, cedés tu perfil de comportamiento, tus patrones de decisión, tu mapa emocional construido a lo largo de años.

Un riesgo latente y no escrito sobre el costo de ceder nuestros datos, que va más allá de lo económico, es que incluye, sin que lo sepamos, la posibilidad de ser discriminado por un algoritmo en un crédito, en una oferta laboral o en el precio que te muestra una plataforma. Nuestros datos alimenten sistemas de IA que luego toman decisiones sobre nosotros, sin supervisión humana.
Los dueños de los datos, un dilema complejo
La argentina Milagros Miceli es una de las mayores expertas en el mundo en investigar qué hay detrás del procesamiento de datos que realizan las empresas de IA. Su trabajo fue destacado por la revista TIME en 2025, ubicándola como una de las 100 personalidades más influyentes del mundo en el campo de inteligencia artificial.
En palabras de Miceli: "Una parte significativa del funcionamiento de la economía digital se sustenta en el trabajo silencioso de millones de seres humanos, empleados en actividades poco visibles pero esenciales: etiquetado de datos, moderación de contenidos y entrenamiento de modelos. En muchos casos se trata de jóvenes, en su mayoría mujeres, que trabajan duro a cambio de remuneraciones mínimas".
Este ejército sin bandera de dataworkers se contrapone al pequeño lote de magnates de la tecnología que, en pocas palabras, terminan decidiendo qué rumbo va a tomar el universo tecnológico en los próximos años. Para Miceli, como para otras voces alrededor del mundo, no alcanza con crear conciencia individual sobre el cuidado de nuestros datos y nuestra privacidad, dado que hay problemas de concentración de poder y ausencia de regulación.
Miceli celebra que personalidades tan imporantes como el papa León tome el desarrollo de la IA como tema principal y alerta sobre la centralización de poder: “En un mundo donde pocos sujetos concentran datos, capital informático y capacidad normativa, hablar de bien común significa desenmascarar esta nueva asimetría epistémica, económica y política, nombrando los nuevos monopolios de la IA.”
Silva, por último, advierte a modo de reflexión: “Durante muchos años enseñamos a usar tecnología. El desafío actual es mucho más complejo: aprender a convivir con ella. Entender qué hace, qué sabe de nosotros, cómo influye en nuestras decisiones y qué responsabilidades tenemos como ciudadanos digitales. Porque el problema ya no es si usamos tecnología. El problema es si la usamos comprendiendo lo que ocurre detrás de la pantalla”.
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