La Universidad desconocida, cuarta parte

Especiales

16 de julio de 2013, 01:26. Por: Sebastián Moro.


A fines de los ´60, la Escuela Superior de Servicio Social comenzó a gravitar como espacio de cambio académico y de militancia política. La conjunción entre docentes y estudiantes potenció un movimiento intelectual con base popular y proyección continental. Al igual que Comunicación Colectiva y Antropología Escolar, Servicio Social fue intervenida por la dictadura cívico-militar, cerrada, vaciada para la iniciativa privada. Tanto como Periodismo y Psicología, Trabajo Social y sus protagonistas, fueron aniquiladas y aniquilados en nombre de “nuestro ser nacional, occidental y cristiano”.


La Universidad desconocida, cuarta parte

Los dictadores, Jorge Rafael Videla de Argentina y Augusto Pinochet de Chile.



La escuela en un día

“Tal vez no hayamos arribado a una conclusión definitiva acerca del sentido del Servicio Social, pero sí sabemos con certeza que el que nos enseñan en las Escuelas no tiene nada de sentido”. La frase fue pronunciada por una estudiante el mediodía del 11 de octubre de 1970, en el marco del plenario final del Primer Encuentro Nacional de Estudiantes de Servicio Social en Mendoza. “Un nuevo aluvión incontenible”, es el título de la crónica del Encuentro, publicada originalmente en la revista Hoy en el Trabajo Social, de enero-marzo de 1971, en base a los aportes de los profesores Juan Barreix, Herman Kruze, Luis Fernández y de la profesora Stella Maris Maldonado. Allí se explicita el clima de cambio político y de reclamos administrativos, metodológicos, epistemológicos, floreciente en las carreras terciarias relacionadas a la asistencia, el servicio o el trabajo social, denominaciones poco convergentes, que dan cuenta del movimiento planteado en ese campo.

El encuentro inauguró otra etapa en el desarrollo de la profesión y fue un antecedente importante para la reflexión del estudiantado ante el II Seminario Latinoamericano de Servicio Social, que se desarrollaría en 1972, en Posadas, Misiones. Participaron 150 estudiantes de Servicio Social de Córdoba, Rosario, Santa Fe, Paraná, Corrientes, Posadas, Capital Federal, Bahía Blanca, Pehuajó y Mendoza. El temario rondó por el análisis de la realidad latinoamericana y argentina, las perspectivas para el Servicio Social y el desarrollo de estrategias para la transformación de las Escuelas. También se planteó un marcado posicionamiento político para apuntalar los cambios a través de la lucha estudiantil.

La crónica revela el grado de conciencia social, compromiso de cambio y crítica constructiva ligada a la acción política. Se asevera: “Cuando los economistas nos hablan de subdesarrollo, lo que hacen es enumerar una serie de indicadores, léase efectos, como déficit de vivienda, analfabetismo, tasa de mortalidad infantil. Esto no es más que una descripción de las consecuencias de un estado de cosas. Por el contrario, el concepto de dependencia implica un análisis de las causas profundas que motivan esos déficits. Se cuestionó al imperialismo, sin profundizar en la esencia del capitalismo ni llegar a su cuestionamiento total, pero lo expuesto sirvió de base para que en la discusión grupal se calara más hondo. Hubo absoluto acuerdo en cuanto al rol que juega el Servicio Social como frenador del proceso de cambio radical e instrumento opresor del sistema”.

Fueron disímiles, en cambio, las lecturas que las y los representantes de las distintas delegaciones hicieron sobre las Escuelas. Los ejes divergieron respecto de la participación y el nivel de cuestionamiento de la organización estudiantil. Se habló de “políticas participacionistas” y “no participacionistas”, señalando que “lo máximo que se puede permitir una Escuela es tener un cuerpo directivo dispuesto a conceder ciertos cambios, ajustes en los programas y reformas varias sin cuestionar los fundamentos mismos de la carrera. En el otro extremo están aquellos directores, que no permiten siquiera que las niñas concurran con pantalones. En la medida en que radicalicen sus actitudes y posturas, no caben dudas de cual será su duración en el cargo”.

“Amigo estudiante, ¡enrolate en la historia!”, cierra y convoca el artículo, a modo de reflejo de los albores de una época documentada por debates que asignaron “al asistente social el rol de catalizador del proceso de concientización que lleve al hombre a ser protagonista de su propia vida. Se rechazó la idea del asistente como agente de cambio, ya que él no lo produce, sino que a lo sumo aporta elementos que lo provoquen”.


Pensamiento, acción, reacción

Licenciatura en Administración Pública y Visitadoras constituyen los antecedentes de las carreras de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNCuyo. Administración fue incorporada en 1968, mientras que Trabajo Social se integró en 1984, bajo la denominación de Asistente Social. En 1961, pionera entre las llamadas “Facultades Provinciales” dependientes de la Dirección General de Escuelas, surge la Escuela Superior de Servicio Social, ligada a través de profesores y profesoras con impulsos renovadores a la Facultad de Antropología Escolar y a la Escuela Superior de Comunicación Colectiva. A partir del proyecto desarrollista, Pedro Aramburu, general dictador al frente de “La Fusiladora”, solicitó a la Organización de Naciones Unidas asesoramiento técnico en torno a la enseñanza del Servicio Social. Valentina Maidagán de Ugarte evaluó los planes de estudio y concluyó que la formación profesional estaba centrada en aspectos teóricos y en disciplinas con escaso adiestramiento práctico. En la investigación “El Nivel Superior de Mendoza”, Delia Ruiz, docente de la Escuela, reflexiona: “hablábamos de desesquematización ideológica para poder ser conscientes de los condicionamientos del pensamiento que se reciben a través de la educación, de la formación y del vivir. Éramos conscientes de eso para no trasladarlo a la gente como visión del mundo”. 

Esta situación, palpable en todas las Facultades del país y en los ámbitos profesionales del Trabajo Social, confluyó en un Movimiento a nivel nacional y continental, alrededor del grupo Ecro, cimentado por la unión obrera-estudiantil, que generó un proceso de lucha y transformación en el seno de la formación de las y los asistentes sociales. El núcleo del grupo abrevó en las perspectivas culturalista de Juan Barreix y socialista de Norberto Alayón; en las críticas de Ezequiel Ander-Egg y los estudios de Luis Fernández; en las formulaciones filosóficas de Rodolfo Kusch, y en el Movimiento de Reconceptualización fuertemente impulsado por Luis María Früm, mediante la cátedra Metodología de la Licenciatura en Trabajo Social de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Económicas y Sociales de Villa Mercedes, San Luis. La difusión de las nuevas ideas se efectuaba a través de distintas publicaciones especializadas, como Selecciones del Servicio Social o Pueblo, todas clausuradas tras el golpe de Estado de 1976. También era valorado el rol que alumnas y alumnos imprimieran a los cambios, con especial desempeño militante en las Escuelas de Servicio Social de Mendoza y de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA.

El análisis del proceso de Reconceptualización del Trabajo Social en Argentina y el ímpetu puesto en él por el profesor Früm, es producto de “Algunos trazos sobre la Reconceptualización en Argentina”, de María Virginia Siede. Está publicado en un Blog que, además de recopilar enfoques sobre la problemática, ofrece un espacio de memoria en nombre del profesor y trabajador social ejecutado junto al abogado Dante Bodo, la madrugada del 19 de junio de 1976, por una patota de represores aún impunes. Para Siede: “Se trata del período histórico donde sectores de la profesión se propusieron articular proyectos socioprofesionales en concordancia con los proyectos societales en pugna. La fuerza de la Reconceptualización como divisoria de aguas estaba tan presente en el Trabajo Social que hasta los sectores más conservadores se pronunciaron parte del mismo. A esto se suma la peronización de las discusiones a través de la emergencia y pronunciamiento de agrupaciones profesionales y estudiantiles, a los fines de servir al proceso de liberación nacional. Hacia 1975, el mosaico de comprensiones en torno al debate profesional estaba fuertemente influenciado por el contexto nacional. La aproximación de las reflexiones profesionales de algunos sectores con las manifestaciones políticas del peronismo son evidentes y dan cuenta de cómo al interior de la profesión se manifestaron las diversas tendencias contenidas en aquél. Es posible reconocer que el proceso de derechización de las reflexiones profesionales estuvo acompañado por el devenir del mismo proceso al interior del gobierno”.

Así, el terror institucionalizado logró el ocaso del debate. A la aplicación de torturas y asesinato de Luis María Früm, rematado en un basural tras haber sido secuestrado frente a sus hijos, continuaron la detención de Alayón y los exilios de Barreix y Ander-Egg. A su vez, Ecro desapareció como sello editorial, los libros fueron prohibidos y toda propuesta desalentada, llevando a “un silenciamiento del debate profesional, abierto y plural, que permitió el fortalecimiento de la tendencia más conservadora”.


Un terror universalizado

El por entonces coronel de Comunicaciones, Juan Esteban Echazú, que legó a la posteridad una traducción de folklore argentino al inglés “para invadir culturalmente las Malvinas”, y Carlos Orlando Nallín fueron los principales ejecutores de la intervención de facto que se impuso en los niveles educativos de Mendoza a través del Ministerio de Cultura y Educación. Héctor Funes y Alicia Ríos de Lúquez, por su parte, fueron encargados del Despacho de la Dirección General de Escuelas, cuya directora fue Isabel Magdalena Blas. Un estudio de Sebastián Caballero y Jorge Cabello recopila testimonios que muestran el clima convulsivo que se vivía en Servicio Social. Según Luis Fernández, lo que se pretendía era “una Reconceptualización del Trabajo Social, dejar de lado el asistencialismo por la promoción. Eso implicaba que el ciudadano conociera sus derechos, los practicara, los defendiera con participación, no con armas. El día de la intervención, un grupo militar al mando del capitán Guillermo Perondi reunió a los docentes en un aula. Perondi se paseaba con el arma en la cintura y decía que si por él fuera nos echaba a todos. Cumplió su amenaza días después”.

El 5 de agosto de 1976, Echazú indicó al diario Los Andes “la situación ideológica detectada” como “un plan de copamiento de la profesión de asistente social, vaciamiento de su rol y transformación de las Escuelas en centro de adoctrinamiento marxista. La Escuela de Servicio Social fue un centro de formación de actividades político-sociales, en el que se inculcaba la permanente traición a nuestro ser nacional, a la tradición argentina y los valores cristianos que nos dan fisonomía como país”. Así, la situación académica fue demonizada porque “los planes de estudio se caracterizaban por la excesiva cantidad de cursos, seminarios, talleres, en los que se fragmentaba el conocimiento y el alumnado perdía la visión de conjunto. Muchos exámenes fueron colectivos y los alumnos eran calificados por el compromiso adquirido con la causa sostenida”. Por tanto, “las medidas adoptadas por el Ministerio”  fueron “separar de sus cargos a catorce profesores –entre ellos, Carlos Bazán y Arturo Roig–, sin derecho a indemnización e inhabilitados para ejercer; elaborar un nuevo plan de estudios ajustado a los objetivos de reordenamiento y reorganización nacional; y designar un nuevo plantel docente”. Por último se reestructuraron los objetivos generales de la carrera, para “capacitar a los estudiantes para intervenir en la realidad social, con una sólida formación moral y ética, con valores propios de nuestra cultura occidental y cristiana”. Según Fernández, Echazú “quiso demostrarnos científicamente que éramos unos guerrilleros comunistas, que queríamos comernos a los chicos”.

La reseña incluye una entrevista a María del Carmen Gil de Camín, “La Pocha”, ferviente luchadora por los Derechos Humanos y una de las fundadoras del Movimiento Ecuménico de los Derechos Humanos en Mendoza, promotor infatigable para la asistencia a víctimas del terrorismo de Estado y de las exiliadas y exiliados chilenos que llegaron masivamente a partir de la matanza pinochetista iniciada en 1973. Como asistente social, la Pocha ejerció en el Centro de Salud Nº 30 y fue supervisora de trabajos prácticos en la Escuela de Servicio Social. De ambos lugares fue expulsada cuando se produjo el golpe, al igual que Armando, su compañero. Del cierre de la Escuela recuerda:

“El golpe estaba más cantado que La Cumparsita. Había mucha sociedad civil que lo apoyaba, porque no hay golpe sin apoyo de la sociedad civil. Todos los días ponían bombas. Había que desalojar escuelas, edificios públicos, siempre había amenazas de bombas. La intervención fue con un despliegue militar terrible, el general Echazú entró en la Escuela y nombró interventor al Capitán Perondi. Él nos comunicó que la única interlocutora válida era Nilda Puceiro de Bistué, ya que el resto éramos catalogados de subversivos. Luego los profesores fueron despedidos, incluso el Director, Adolfo Ariza. Finalmente el establecimiento fue cerrado, se hizo una diáspora total”. Entre los profesores y profesoras perseguidas, Pocha evocó a Rolando Concatti, Oscar Bracelis, Cristina Ianoti y María Angélica Peña. También mencionó a Carmen Corvelini y Edith Arito, como algunas de las alumnas que fueron prisioneras: “No querían alumnos con juicio crítico, los querían bien borregos, que aceptaran las normas sin discutirlas, y bueno, nuestros alumnos eran muy discutidores”.

En mayo de 1978, Gustavo y Mario Camín, respectivamente cuñado y sobrino de Pocha, oriundos de San Juan y comprometidos solidaria y políticamente con las personas perseguidas en Mendoza, fueron secuestrados y desaparecidos. Pocha remontó el dolor, añadió resistencia y denuncia a la vocación de servicio: “Alieda Verhoeven, Pastora Metodista, una de las fundadoras de la Asociación Ecuménica de Cuyo, me buscó para que empezáramos el trabajo con los familiares de los presos políticos, de los desaparecidos y también con los exiliados. Al principio fue bastante duro, pero realmente fue un trabajo de Servicio Social que ansiaba hacer”. Entre otras investigaciones del MEDH, Pocha debió encontrarse con los casos de las dos desapariciones forzadas de estudiantes de la Escuela. Se trata de José Salvador Vila Bustos, secuestrado de su empleo en el Banco de Mendoza el 10 de diciembre de 1975 por parte de la Policía Provincial; y de María Leonor Mércuri Monzo, detenida el 9 de septiembre de 1976, como parte del “operativo antijesuita” que una semana después concluiría con las desapariciones de María Inés Correa Llano y de su compañero Carlos Jakowezick.

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