La Universidad desconocida, segunda parte

Especiales

21 de junio de 2013, 17:01. Por: Sebastián Moro.


La Escuela Superior de Comunicación Colectiva fue protagonista fundamental de la renovación intelectual y de actividad política que se articuló en Mendoza desde principios de los setenta entre frentes estudiantiles, organizaciones políticas y nuevas perspectivas teóricas surgidas en la UNCuyo. Como tal, fue desaparecida por la dictadura: sus profesores, expulsados; las reformas, detenidas; sus estudiantes, perseguidos hasta el asesinato. La figura de su referente, Daniel Prieto Castillo y las vidas de las y los periodistas desaparecidos.


La Universidad desconocida, segunda parte

Amadeo Sánchez Andía, estudiante de periodismo asesinado por la Policía de Mendoza



Aluviones y estudiantes

“Cada vez que trato de volver al período 1974-1977, una angustia sorda me sube a la garganta. Miro a mi alrededor: mis hijos, los árboles de la calle, el aire transparente del verano... Pienso en ellos que no están, que se llevaron consigo a sus hijos, a los árboles de las hipotéticas calles en que vivirían, al aire de todos los veranos... Ellos se quedaron en sus 24, 25 o 26 años, eternamente jóvenes”. Las palabras son de Alicia Rodríguez, perseguida junto a su compañero por las dictaduras de ambos lados de la cordillera, ex estudiante de la Escuela Superior de Comunicación Colectiva y militante de su Centro de Estudiantes. Entre 1975 y fines de 1976 estuvieron clandestinos, hasta que pudieron exiliarse. En el transcurso fueron enterándose, a veces con meses de retraso, de los sucesivos secuestros de compañeras y compañeros de Periodismo. De otros supieron luego de la recuperación democrática. Arte y parte de la época más intensa en cuanto a lo político y generacional, sobreviviente, Alicia ha narrado su experiencia en diversos testimonios, retomados aquí.

“En 1973, Daniel Prieto asumió la dirección de la antigua Escuela Superior de Periodismo, que pasó a llamarse Escuela Superior de Comunicación Colectiva. Este director, que no llegaba a los treinta años, era muy especial. No solo por su relación con los alumnos, de igual a igual, sino porque creía que la comunicación era un fenómeno global y que debía ser estudiado con un carácter profundamente antiimperialista”. En septiembre, el golpe en Chile derivó en “una avalancha de chilenos que llegó a Mendoza huyendo del horror. Varios recalaron en las Escuelas de Comunicación Colectiva, de Antropología y de Servicio Social. Daniel Prieto había levantado las barreras burocráticas para que pudieran inscribirse. Ese fue el curso al que pertenecieron Virginia Suárez, Raúl Reta, Daniel Moyano y Billy Hunt, todos detenidos-desaparecidos”.

“En 1974, el proyecto para que la Escuela pasara a formar parte de la Universidad Nacional de Cuyo parecía a punto de concretarse. Se logró el voto de Diputados pero no el de Senadores, por problemas de presupuesto, según decían. En julio se realizó la toma de la Escuela. Ahí estaba Billy, con su inagotable alegría, cantando "El corralero", contestando los ataques políticos con una broma, siempre amigo de todos. Y también Daniel Moyano, al que los chilenos habían apodado "El Torombolo" por el personaje de la pequeña Lulú, con su pelo revuelto, desatinado, hablando a borbotones, apasionado. Recuerdo a la Vivi envuelta en un poncho, riéndose de las canciones de Billy”.

Trenzas sueltas

La Escuela fue creada en 1961 a expensas de un grupo de asociados del Círculo de Periodistas, con la intención de “profesionalizar” a las nuevas generaciones que excedían el marco tradicional de la práctica en la prensa gráfica. Los proyectos políticos en tensión en Mendoza y Argentina, y la escasa voluntad renovadora en cuanto a políticas educativas, ya presentes desde teorías liberadoras y prácticas militantes, hicieron que al cabo de una década, la Escuela siguiera sin superar el anquilosamiento.


En "Daniel Prieto ante el desafío", una nota de la revista Claves del 22 de junio de 1973, se hace un balance de los años recorridos por la institución, el punto de inflexión que significaban las nuevas tendencias, la reciente asunción de Prieto y la mirada de las y los estudiantes. Norma Sibilla, periodista y egresada de la Escuela, en El fin de una trenza, entrevista complementaria, criticó y denunció el estado de cosas:


“Aquellos periodistas fundadores fueron un grupo de soñadores que tuvieron que ajustarse a la realidad, pero no supieron hacer lo mismo con el material que tenían en las manos. Las improvisaciones que se justificaron al principio ya no pudieron aceptarse con el correr de los años. La Escuela de Periodismo se convirtió en el reducto de un grupo de profesores de tendencia nacional clericalista que estaba siendo derrotada por la caducidad de su estructura. Evitar la caída final significaba para ellos colocar una venda en los ojos del estudiantado. Se formaron trenzas, arraigadas en la Dirección General de Escuelas, y el acaparamiento de cargos hizo creer que sus posturas parecían invencibles. (..) Ya no estarán al frente de una cátedra los integrantes de la trenza, sino los ganadores de un concurso. Desde aquí en adelante, el que quiera seguir tendrá que ponerse al frente del proceso de transformación o quedarse postergado”.


Sibilla señala el conservadurismo pedagógico entre el profesorado, los planes de estudio desactualizados y negadores de la otra historia e historiografías nacionales, la falta de curiosidad de sus colegas por las innovaciones técnicas e incluso, las faltas éticas de algunos. Considera que la juventud ha evolucionado, que están dados los requisitos para el cambio. En ese sentido, avala los nuevos bríos de Prieto y los estudiantes. Dice el entonces director en la nota:


“Los planes de reestructuración permitirían lograr a los tres años de estudio especialistas en difusión universitaria. A los cuatro, profesionales en difusión comunitaria, que abarca municipalidades, escuelas, sindicatos y entidades vecinales. En el segundo nivel los egresados tendrían que comprometerse y entregarse a la realidad social de nuestra provincia. La idea es cumplir con la relación que debe existir entre comunidad y realidad, lo que se puede lograr a través de una información genuina”.


“En cinco años la Escuela puede formar teóricos de la comunicación. Si entendemos que los problemas de la comunidad están en la base de una sociedad en cambio, habría que pensar en cómo procesarla en aspectos en los cuales la situación argentina es deplorable, porque también nos vemos obligados a importar interpretaciones ajenas a nuestro sentir y nuestra forma de ser”.

El análisis de Prieto se extiende a la práctica periodística y la realidad de los egresados, los impulsos en cuanto a la profesionalización y concientización laboral de las y los periodistas, todo lo que restaba por hacerse para y por los estudiantes. Es el caso de la bibliografía y los programas, por ejemplo: “queremos una historia argentina contemporánea, una historia del periodismo mendocino, argentino y latinoamericano, economía regional, derecho a nivel laboral”.


Política en la Escuela, pura verdad

Miguel Longo es un experimentado periodista. Desde 1974 hasta su cierre en abril de 1976, fue profesor de la Escuela de Comunicación Colectiva. Actualmente trabaja en prensa del Cicunc y nos ofreció una panorámica sobre aquellos años:

“El enfoque de la Escuela no estaba exclusivamente centrado en la tarea periodística en los medios sino en la comunicación general; en el derecho a la libertad de expresión, en el derecho colectivo, el derecho de los trabajadores a sindicalizarse y comunicar colectiva, socialmente. Eso explica que yo dictara Historia del sindicalismo argentino y el Seminario de metodología para la tesis. Además de Prieto Castillo, comunicólogo, y Enrique Dussel, filósofo de la liberación, había una grilla de profesores que eran los principales periodistas de la época: Miguel Paz Herrero, Jorge Oviedo, Jorge Bonardell. Entonces encontrabas enfoques ideológicos y otros más estrictamente técnico-profesionales”.

“Primaba el trabajo sobre gráfica y radio. El oficio se aprendía en la calle y sobre todo en las redacciones. Yo aprendí en la revista Claves, era el movilero. El director era Fabián Calle, Dante Di Lorenzo el subdirector, Carlos Quirós el jefe de redacción, y entre los redactores estaban David Eisenclas, Norma Sibilla y Rafael Morán. La experiencia de Claves (años 1970 a 1974) destaca por su línea editorial, que era promover y pugnar por la recuperación democrática. Todo iba en función de eso, la interpretación de cómo evaluar los hechos para posibilitar el retorno. No recuerdo haber tenido un debate sobre objetividad y política, siempre hubo líneas editoriales, las discusiones rondaban alrededor de la sindicalización y la formación”.

“Entre los estudiantes había muy ricos debates. Era pleno reverdecimiento de la democracia, una situación interesante en lo político, con el peronismo permitido después de 18 años. La efervescencia del 73 y del 74 contrastó con 1975. La cosa estaba más pesada, se vino el golpe y, por razones obvias, cerraron la Escuela. Me echaron por razones de seguridad. También trabajaba en Difusión de Casa de Gobierno. En las dos me cesantearon. Salí del país”.

En una nota de 2008 de Diario sobre diarios se entrevista a María Gabriela García, hija del periodista Ambrosio García Lao. García asegura que, tras la intervención militar, a su padre le ofrecieron la dirección de la Escuela, se negó y eso motivó su exilio. El exilio de periodistas, como el de Miguel Longo, fue masivo en Mendoza, sobre toda hacia países latinoamericanos no directamente ligados al Plan Cóndor. El de García Lao es particular porque denota el grado de presión y represión que se ejercía, tanto sobre los medios y sus periodistas, como en “las instituciones que los formaban”. Según su hija, un militar “le ofreció la dirección de la Escuela de Periodismo, aclarándole que su función principal como director era echar y vigilar al personal docente y no docente y alumnos. Le mostró una lista con todos los empleados y alumnos, junto a cada nombre había un puntito de color. Los que tenían el puntito rojo debían ser echados, los que tenían el puntito azul debían ser vigilados”.

La reflexión final de Longo explica algo de la lógica perversa de puntitos azules y puntitos rojos de los genocidas: “Destaco dos valores que se condicen. Por un lado, el foco de debate político ideológico abierto, sobre el país y América Latina. Por otro lado que no hubiera docentes, sino maestros. No era meramente la aplicación práctica de la enseñanza, había mucha experiencia profesional y compromiso. Las relaciones eran muy humanitarias, fluidas. La transmisión de la experiencia abarcaba criterios amplios, una cosmovisión general y la honestidad intelectual con uno mismo. Nuestra Escuela era el enlace entre la práctica pura empírica y la más profesional, de carrera, como se vive hoy”.

 

Prefiguración y matanza

En 1974 comenzó la reforma de los planes de estudio, promovida por estudiantes, algunos profesores y el director. Los sábados se reunían para cambiar los planes, de allí salieron Historia de las Ideas Políticas Contemporáneas, Historia de Latinoamérica y su Liberación, Semiótica del Texto y de la Imagen. El Centro de Estudiantes realizaba una actividad intensa a favor de la reforma y otras peticiones. En junio de 1974 se produjo la toma de la Escuela en reclamo por la incorporación a la UnCuyo. Duró quince días. El Presidente del Centro era Billy Lee Hunt, la Secretaria era Raquel Moretti y participaban Virginia Suárez, Edesio Villegas, Aldo Casadidio, Amadeo Sánchez Andía, Raúl Reta, todos con militancia política en Montoneros y el Partido Revolucionario de los Trabajadores. En 1975 se exilian Daniel Prieto y Enrique Dussel y es detenido y torturado Jorge Bonnardell. Muere atropellado en Francia tiempo después de su liberación. A comienzos del 76, las aulas están semivacías. Profesores y alumnos, encarcelados o expulsados. Con la dictadura consumada, la carrera de Periodismo “fue trasladada” a la Universidad Juan Agustín Maza. Es decir, secuestrada.

El testimonio de Alicia Rodríguez abarca los antecedentes de la represión y la patente planificación para sistematizar los secuestros por parte de las bandas organizadas desde el Estado: “Pasamos a integrar las listas negras de la persecución ilegal que se cobró numerosas vidas antes del golpe y que golpeó con fuerza a nuestra Escuela, a la Escuela Superior de Trabajo Social, a la UTN, a la UNCuyo. A las amenazas de las tres A se sumaban a un clima enrarecido en la Escuela que se sintetizó en un hecho trágico: el 6 de junio de 1975 fue secuestrado del Hospital en que era atendido de las lesiones sufridas en un accidente de tránsito, nuestro compañero Amadeo Sánchez Andía (estudiante de 4º año) quien apareció muerto en Canota, Las Heras. Esta tragedia desmovilizó al estudiantado ante la evidencia de que las amenazas habían pasado al terreno de los hechos. 1975 fue el año en que conocimos el horror y la desconfianza”.

“En 1976 comenzó el ciclo lectivo con notorias ausencias. El golpe agravó el clima de temor y desaliento. El riesgo que corríamos resultaba evidente, la mayoría de quienes habíamos participado de la toma y de la movilización por la reforma habían resultado secuestrados y nada se sabía acerca de que estuvieran vivos o muertos. Decidimos irnos a pesar de nuestras escasas posibilidades económicas y la incertidumbre que significaba partir a un lugar desconocido con un embarazo de tres meses. Vivi, Daniel, Raúl, Billy... ¿Cómo eran? Como todos nosotros: con proyectos, con sueños, con ilusiones en el futuro, con amor a la vida y a los seres humanos. Y dueños también de una gran, gran ingenuidad”.

En el país fueron más de cien los periodistas desaparecidos y desaparecidas. El número de detenidos, torturados, exiliados, es difícil de precisar, debido a la dispersión de datos. Los cruces entre militancia en organizaciones políticas, el trabajo en medios, el propio “oficio de militante” por el cual muchas comunicadoras y comunicadores asumían la prensa de las organizaciones y la persecución que los acuciaba, explican los umbrales relativos. Sin embargo, la cifra excede largamente los tres dígitos. En Mendoza, las y los periodistas desaparecidos son nueve, ocho pertenecieron a la Escuela. Al asesinato del estudiante peruano Sánchez Andía le sucedieron los de Daniel Moyano el 12 de mayo de 1976 (asesinado en el D2) y Virginia Suárez, al día siguiente. Los tres integraban el PRT. El 26 de mayo es secuestrado Edesio Villegas; el 7 de diciembre, Raquel Moretti y Aldo Casadidio, y el 8 de abril de 1977, Billy Hunt, todos del mismo grupo de Montoneros. Raúl Reta, desaparecido desde el 31 de mayo del 77, cierra “la lista”. El noveno es en realidad el segundo en la línea cronológica de crímenes perpetrados. Se trata de José Santiago Nicoletti Illa, militante del PRT, redactor de la publicación partidaria Nuevo Hombre. Illa fue detenido por el Ejército en San Rafael el 8 de marzo de 1976. Estuvo en el D2 y en la Penitenciaría Provincial. Fue dejado en libertad el 12 de mayo de 1976. Tras cruzar el portón de la cárcel, desapareció. Nunca nadie volvió a verlo.

El caso resume el papel que tuvieron otros protagonistas del terrorismo de Estado, formados también por la universidad pública. Así como hubo periodistas que delataron a compañeros, hubo médicos que avalaron las torturas en los centros clandestinos y abogados que, como funcionarios, posibilitaron el terror. Es al, actualmente, ex juez federal Otilio Roque Romano, acusado de más de cien delitos de lesa humanidad, a quien, entre los múltiples casos de privaciones ilegítimas y agravadas que se le imputan, se le cuenta el del periodista Illa. Con una particularidad: el por entonces fiscal rechazó recursos presentados por la madre y la esposa del detenido, contra lo expuesto por el responsable Coronel Tamer Yapur y los sendos pronunciamientos de los jueces Carrizo y Guzzo. Finalmente, Guzzo denota la serie de contradicciones y dislates jurídicos, reprueba los rechazos de Romano y reconoce que a la víctima se le había dado libertad. La causa sería archivada por décadas. Señala el fallo de la destitución de Romano, en los ítems 19 a 20: “ El doctor Romano negó la tutela jurisdiccional que las leyes garantizaban al justiciable, que demandaba el requerir información a las autoridades penitenciarias, militares, policiales y al propio Poder Ejecutivo Nacional respecto de la situación del entonces detenido Santiago José Illa. La injustificada oposición a que se realizaran las diligencias propias que permitía la vía escogida configura una conducta incompatible con sus deberes legales”.

“Las únicas dos herramientas que tiene el hombre para decir la realidad son la palabra y la imagen, pero también a través de ellas se puede mentir la realidad. Es absurdo pretender que un estudiante no mienta la realidad, si a través de los estudios no se le enfrenta con ella, críticamente”, dijo Daniel Prieto Castillo en la citada entrevista de la revista Claves. Desde luego, hay hombres como Romano que mienten la realidad hasta desfigurarla, como se quiso hacer con los prisioneros y prisioneras en los calabozos que él “inspeccionó”. Pero esta nueva historia, de la universidad desconocida y de una generación movilizada, nos demuestra que aquellas dos herramientas reconstruyen, una y otra vez, la realidad.


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